Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están en nuestras manos. Y entonces, me he puesto a escribir casi a tientas en la madrugada, con urgencia, como quien saliera a la calle a pedir ayuda ante la amenaza de un incendio, o como un barco que, a punto de desaparecer, hiciera una última y ferviente seña a un puerto que sabe cercano pero ensordecido por el ruido de la cuidad y por la cantidad de letreros que le enturbian la mirada.

Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atravesamos a valorar la vida de otra manera. No pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que- únicamente- los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.

Mientras les escribo, me he detenido a pensar lo que me regalaron mis tíos hace unos años. Ahora volví como un rayo a mi memoria una exposición virtual que me mostraron antes de ayer en un sitio web, que debo reconocer que me pareció cosa de mandinga. Porque a medida que nos alejamos del corazón de las cosas y una indiferencia metafísica se adueña de nosotros mientras toman poder entidades sin sangre ni nombres propios. Trágicamente, el hombre está perdiendo el dialogo con los demás y el reconocimiento del mundo que lo rodea, siendo que es allí donde se dan el encuentro, la posibilidad del amor, los gestos supremos de la vida. Las palabras de la mesa, incluso las discusiones o los enojos, parecen ya reemplazadas por la visión hipnótica.

Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada vez requiere mas intensidad. No vemos lo que no tiene la iluminación de la pantalla, ni oímos lo que no llega a nosotros cargado de decibles, ni olemos perfumes, ni las flores no tienen olor.

Algo que me afecta terriblemente es el ruido.
Antes de la pandemia caminaba cuadras y cuadras antes de encontrar un lugar donde tomar un te en paz. Y no es que finalmente encontramos un bar silencioso, sino que nos resignamos o pedir que, por favor apaguen el televisor, cosa que hacen con toda buena voluntad tratándose de mí, pero me pregunto, ¿Cómo hacen las personas que viven en una cuidad ruidosa con mas de 20 millones de habitantes?. Esto que les digo nos pasa a todos, y muy especialmente a los verdaderos amantes de la musica, ¿o es que se cree que prefieren escucharla mientras todos hablan de otros temas y a los gritos?.

En todas las cafeterías hay televisores, o un aparato de musica a todo volumen, si todos se quejaran como yo, enérgicamente, las cosas empezarían a cambiar. Me pregunto si la gente se da cuenta del daño que le hace el ruido, o es que se los ha convencido de lo avanzado que es hablar a los gritos. En muchos departamentos se oye el televisor del vecino, ¿Cómo hace el ser humano para soportar el aumento de decibles en que vive?.

Ya los mercados no son aquellos a los que iban las mujeres con sus puestos de frutas, de verduras, de carnes, verdadera fiesta de colores y olores, fiesta de la naturaleza en medio de la cuidad, atendidos por hombres que vociferaban entre sí, mientras nos contagiaban la gratitud por sus frutos. ¡Pensar que uno iba a la pollería a comprar huevos que, en ese momento, retiraban de las gallinas ponedoras! Ahora ya todo viene envasado y se ha comenzado a hacer las compras por computadora, a través de esa pantalla que será la ventana por la que los hombres sentirán la vida.

El hombre se expresa para llegar a los además, para salir del cautiverio de su soledad. Estal su naturaleza de peregrino que nada colma su deseo de expresarse. Es un gesto inherente a la vida que no hace a la utilidad, que trasciende toda posibilidad funcional.

Son muy pocas las horas libres que nos deja la universidad. Apenas un rápido desayuno que solemos tomar pensando ya en los problemas del aula, porque de tal modo no somos profesionales y somos estudiantes que aprendemos de los profesores. Mientras tanto escuchamos y nos tomamos una taza de café, o te, compartimos un mate antes de la pandemia. Cuando llegamos a casa y queremos estar reunirnos con los amigos o la familia , o de estar en silencio como la naturaleza.

Ponemos la televisión nos concentramos en algún canal, o hacemos zaping, parece que logramos una belleza o un placer que ya no descubrimos compartiendo un guiso o un vaso de vino o una sopa de caldo humeante que nos vincule a un amigo en una noche cualquiera.

He visto algunas películas donde la alienación y la soledad son tales que las personas buscan amarse a través de un monitor. Por no hablar de esas mascotas artificiales que inventaron los japoneses, que no sé qué nombre tienen, “sentimientos”.

Hablemos de la medicina es una de las aéreas donde puede verse una controla que golpea esta trágica creencia en la abstracción. Si en 1900 un curandero curaba por sugestión, los médicos se echaban a reír; porque en aquel tiempo sólo o un hueso; hoy practican eso mismo que antes consideraban supersticioso con el nombre “medicina psicosomática”.

Una enfermedad es, quizá, la ruptura de ese equilibrio, que a veces puede ser provocada por un impulso somático y otras por un impulso anímico, espiritual o social. No es nada difícil que enfermedades modernas como el cáncer sean esencialmente debidas al desequilibrio que la técnica y la sociedad moderna han producido entre el hombre y un medio.

De la misma manera, cuánto mejor es morir en la propia cama, rodeado de afecto, acompañado por las voces, los rostro y los objetos familiares, que en esas ambulancias que atraviesan como bólidos las calles para ingresar al moribundo en una sala esterilizada, en lugar de dejarlos en paz.

En la vida existe un valor que permanece muchas veces invisible para los demás, pero que el hombre escucha en lo hondo de su alma: es la fidelidad o traición a lo que sentimos como un destino o una vocación a cumplir. El destino, al igual que todo lo humano, no se manifiesta en abstracto, en un pequeño lugar, en una cara amada, o en un nacimiento pobrísimo en los confines de un imperio.

Pero no creo en el destino como fatalidad como en la tradición griega, o en nuestro tango: “contra el destino, nadie la talla”. Porque de ser así, ¿para qué les estaría escribiendo? Creo que la libertad nos fue destinada para cumplir una misión en la vida; y sin libertad nada vale la pena. Es más, creo que la libertad que está a nuestro alcance es mayor de la que nos atrevemos a vivir. Basta con leer la historia, esa gran maestra, para ver cuántos caminos ha podido abrir el hombre con sus brazos, cuánto el ser humano ha modificado el curso de los hechos. Con esfuerzo, con amor, con fanatismo.

Por ultimo, ya estoy cansada de escribir desde lunes hasta el martes, en una noche muy fría, y las manos medios tibias. En la memoria mía pienso, debe tener una segunda parte que sera pronto, solo mirando las nubes y fotos.

Quiero decir algo:

Creo en los cafés, en el dialogo, creo en la dignidad de la persona, en la libertad. Siento nostalgia, casi ansiedad de un infinito, pero humano, a nuestra medida.

Fin