Se agarra la cabeza a menudo para que sus demonios no escapen
Se venda las manos todas las mañanas queriendo tapar el cañón de una pistola
Cinco cucharadas de azúcar al té son las que le pone a la tarde para que la dulzura aguante hasta la noche
Pega las comisuras de su boca en ángulos de sonrisas para que no puedan desfigurarse durante el día
Practica la normalidad como si fuera a un casting todos los días y en cada uno salga con la típica respuesta: “ya nos comunicaremos con vos” pero esa llamada nunca llega.
Siente un peso en el pecho que lo usa como tinta para escribir poemas y llena sus cuadernos de historias sin finales porque tiene el hábito de dejar cosas inconclusas porque su inestabilidad se lo exige.
A menudo juega a ser una de esas guerreras que se convierten en superheroinas por salvar a todo el mundo
Y a menudo se choca con la realidad de que no tiene que salvar a nadie más que a ella.
Pero en los días grises se convierte en catapulta y siempre pero siempre encuentra el escalón para seguir subiendo.