Añoranza. Un sentimiento tan habitual en mí que me he acabado acostumbrando. Ha llegado un punto en el que si no lo sintiera, sería extraño.
Parezco masoquista, pensando a cada rato en todas aquellas cosas que podrían haber pasado si hubiera tenido una "vida normal", si no me hubiera tenido que marchar de todos los sitios a los que alguna vez he llamado hogar. Y es que esa palabra ha perdido el sentido, tras tantos cambios, pues no puedo considerar hogar algo que sé que pronto no estará, algo que me recuerda que todo lo bueno acaba, y que ninguna promesa es eterna.
Sí, me dan envidia todas esas personas que tienen un mejor amigo de toda la vida con el que han estado desde siempre, alguien con quien han crecido y compartido experiencias, alguien que lo sepa todo de ellos y que siempre han estado ahí.
Ya sé que es una tontería, que la mayoría de amistades se rompen con el tiempo y que casi nadie tiene eso, pero admiro de verdad a aquellas personas que permanecen juntas.
Envidio también a esos amigos que ríen recordando aquella lejana época cuando se odiaban a muerte porque uno metió la trenza de la otra en un bote de pintura en segundo de parbulitos, o porque la profesora de dibujo regañó a uno por culpa de que el otro no paraba de molestarlo...
Y no me malinterpretes, no estoy diciendo que no quiera a mis amigos o que no tenga suerte de haberlos conocido, es sólo que los envidio, porque ellos no tienen que usar la frase "antes de vivir aquí..." cada vez que se refieren a su pasado, no tener que pensar una palabra para referirse a aquellos que una vez fueron sus amigos pero con los que llevan años sin hablar.

Supongo que lo que de verdad envidio es el poder estar con alguien y no pensar en que algún día ya no estará, que es sólo cuestión de tiempo. Envidio esa inocencia de los que nunca han tenido que despedirse con un "hasta otra" sabiendo que no iba a cumplirse. Y me da pena saber que, por mucho que quiera a mis amigos, si mañana me voy para siempre, no lloraré. Sé que no sentiré nada, porque, para bien o para mal, lo tengo asumido desde el momento en el que los conocí.
Y eso es lo verdaderamente triste.