Mil veces intenté arreglar lo que yo no rompí.
Tus promesas falsas, tu desconfianza, tus ataques de ira y tu constante indiferencia.
Lo intenté de tantas formas, entregué mi alma entera por ti, rompí en mil pedazos mi corazón sólo para completar el tuyo y te brindé el amor más puro que se le puede dar a alguien, sin embargo, eso no te bastó.
Estuve tan segura de ello desde el día en que saliste por aquella puerta en busca de alguien más. Y aunque tu partida me destrozó por completo, esta me hizo comprender algo: no se puede salvar a quien no quiere ser salvado, porque al final de todo, esto sólo acaba debilitando las alas de quien lo intenta.