Dicen que las lágrimas empañan la mirada, pero yo te veo con los ojos cerrados al mundo. Cerrados a la lógica, al orgullo y a la razón. Volviendo la espalda a una verdad que cada día más me pesa, y respirando una distancia que me asfixia lentamente.
Lágrimas, sal, sequedad, desierto: vacío. El que tú dejaste en mí sin haber estado jamás.
Temblores de puro miedo, cuando la esperanza es soga y lo que yo tan desesperadamente ansío nunca ocurrirá. Cuando me asomo a la nada de mi alma, al filo del acantilado; aún esperando que vengas a salvarme. Cuando no vienes, y sueño que es mentira.
Verte y no tenerte. Buscarte y perderme por siempre, deslizándome en picado hacia los brazos de la oscuridad. Si pienso que son tuyos, aún puedo conservar alguna luz. Pero aquí no hay nada. No hay árboles, no hay cielo, no hay luna. Aquí no hay nada. Ni siquiera sé si yo misma estoy. Ni tú. Aquí nos quedamos los tristes. Aquí con los juguetes rotos, las bicicletas oxidadas y las manos abiertas expectantes. Y luego más títeres, más hierro y uñas clavadas en el aire.
Colisión. Sentimientos enfrentados, carne y roca.

Y todo esto me lo hice yo, sin darme cuenta, pensando sólo en ti.

S.