Érase una vez, una pequeña niña.
Ella pensaba, pensaba y pensaba.
Ella lo cuestionaba todo.
Estaba acostumbrada a estar sola. El silencio hacía más fácil el pensar sin descanso.
Pero a veces el silencio era muy ruidoso.
Y pensar demasiado puede ser peligroso.
Con el tiempo, sus preguntas se volvieron más fuertes y más pesadas. Necesitaba respuestas.
Estaba acostumbrada a estar sola. Pero añoraba intimidad, confianza, tranquilidad. Calidez.
No era como si estuviera sola todo el tiempo. Pero a veces sentía que así era.
¿Por qué estoy aquí?
Se dio cuenta de que... debía haber una razón.
¿Por qué tenía que ser yo?
Algunas personas le hicieron creer que no era quien se suponía que debía ser.
¿Por qué soy así?
Sollozó, empapada en lágrimas, luego de que una confrontación apagara su mente.
Todas esas preguntas finalmente se volvieron una, cuando se dio cuenta de que nada importaba, porque era un diminuto porcentaje del universo entero. ¿Qué podía hacer esa diminuta porción? No mucho. ¿De verdad importaría si se desvaneciera del planeta?
En ese momento, se sintió sola. Sola en su habitación, sola en su casa. Sola en el mundo. Se sintió como la única persona que existía.
Absolutamente sola. Como si fuera la única persona que había alcanzado ese estado mental y que había permanecido ahí.
Sola.
En la mitad de la noche todos dormían, y solo los susurros de las grabaciones de sus canciones favoritas podían ser escuchados. Silenciosamente escuchó lo que tenían para decir. Era como un cálido abrazo, pero también como el viento frío de la madrugada. No había momento como aquel. No había otro momento en el día que evocase semejante emoción.
Podía ver las estrellas brillando ante sus ojos en una oscuridad profunda. Eso era. Todo lo que existía estaba frente a sus ojos y ella, siendo una microscópica parte de ese todo, sólo pensaba. Siempre pensaba.
Esas canciones la hacían sentir como si flotara junto a las estrellas, en medio de la nada. Le recordaban lo diminuta que era, pero también le recordaban que era parte de un todo.
Esas notas y acordes dirigían los latidos de su corazón.
Los sonidos y el significado de las palabras cantadas, la perseguían.
No sabía cómo sentirse.
Sonaban tan cósmicas como el universo entero, pero también tan mundanas como llegar a casa al final del día. Como un león en la sabana o las lágrimas que rodaban por sus mejillas. Tan solos, tan pequeños, tan grandes. Conectados a todo lo que existe.
Su mente vagaba por lugares oscuros, y le gustaba pensar que el espacio era uno de ellos.
Su corazón estaba hecho pedazos. Pero todo iba a estar bien.
Luego, entendió que la fuerza de su existencia era esa. Alcanzar ese lugar. Entender cosas que nadie más podía. Y seguir pensando.
Y, si nada importa, ¿por qué no lo intento?

¿FIN?

Esas canciones cósmicas:
https://www.youtube.com/playlist?list=PLe_U9d1pKtx0Agy8MUjVKapTmloQbNGUG