De un día para otro, todo cambió y el mundo se paralizó. De disfrutar de la rutina, el ir a trabajar, a la escuela, hacer ejercicio, hacer trabajos, pendientes y reuniones sociales, se redujo a metafóricamente estar en solo cuatro paredes y salidas de forma preventiva.

Estamos tan acostumbrados a vivir a 200 km/h y al tener todo cuando y cómo queremos, que dejamos de apreciar el presente, lo que tenemos enfrente. Éramos libres y no lo sabíamos.

Tenemos tanta hambre de la vida, que muchas veces nos cegamos por el ego, como es que en momentos de crisis, nada importa más que la familia y la salud, algo que tomábamos por sentado en nuestro día a día y que realmente ahora no necesitamos más.

Si no ocupamos nuestro tiempo y encima seguimos consumiendo tantas noticias que solo nos quitan la paz, los pensamientos atacan y no paran en hacernos sentir desesperados, con ganas de salir y en concentrarnos en todo eso que no tenemos ahora. Puras ideas negativas, desgastantes e innecesarias, si soy honesta.

Así que es momento de preguntarse y reflexionar, hace cuánto tiempo no convivían tanto con sus familias? O se tomaban el tiempo para hacer introspección? O de agradecer y valorar?

Estamos tanto tiempo tan deprisa que se nos olvida lo que realmente importa, de poder observar si lo que estábamos haciendo era lo que realmente te llenaba de vida, de quiénes siguen caminando a tu lado y quiénes se fueron. Porque se nos olvida que la vida es efímera y que todo es temporal.

Esta pausa hay que tomarlo como un AMIGA DATE CUENTA, redirige tu camino, si por donde ibas no te gusta o si sí pensar en qué tienes que hacer para seguir en esa linea.