La mujer tenia una cara infantil, inteligente y muy expresiva,
era alta y delgada, y vestía con mucha elegancia.
Pense un instante únicamente en ella e
inmediatamente me enamore de su gracia.
Era la clase de mujer que yo admiraba y
comenzó a formar parte de todas mis fantasías.
No era mucho mayor que, pero estaba mas próxima
a la madurez física.
Su proximidad a la madures femenina y su elegancia
le daban una juventud en el rostro
y un aire gracioso que me atrapo.
Jamas había tenido el valor para aproximarme a una mujer
que llamara mi atención, y en esta ocasión no seria la excepción.
Sin embargo, la impresión que me había dado esta dama
era mucho mas honda y el amor que sentí por ella
influencio considerablemente mi existencia.
De nuevo, se volvió a erguir frente a mis ojos como una imagen sublime
y perfecta ¡Ah, ningún deseo era tan inmenso
y fuerte como el de idolatrar a esa mujer!
Le puse el nombre de Beatriz;
a pesar de que yo no había leído a Dante;
pero el nombre me era conocido por una pintura inglesa
de la que poseía una copia.
La pintura mostraba una figura femenina muy delicada
de largas extremidades, manos hermosas y cabeza fina.
La bella joven que había visto en el parque no tenia mucho parecido
con la de la pintura, pero mostraba esa forma delgada -algo masculina-
que tanto me gustaba, ademas de tener una cara espiritual y pura.
Nunca le dije una sola palabra a Beatriz, pero en ese tiempo influyo extraordinariamente en mis actos.
En mi mente siempre estaba presente su imagen,
me abrió un santuario, y me hizo su fiel creyente
que cada noche rezaba en su templo perfecto.
Deje de ser, de la noche a la mañana,
uno mas de los muchachos que se lanzaban a las juergas
y a las aventuras nocturnas.
De nuevo estaba solo.
Volvió a mi ese amor por los largos paseos por el parque y la lectura.
Esta trasformación trajo chistes y las burlas de mis compañeros.
Eso no me importaba, porque ahora tenia otra vez algo que idolatrar y admirar;
de nuevo la vida me regalaba algo misterioso,
hermoso y que llenaba todos mis sentimientos.
Volví a ser servidor y esclavo de una imagen casi santa para mi.

La sexualidad bajo cuyo yugo vivía y trataba de escapar,
con este fuego debía hacerse mas pura,
transformándose ahora en espíritu y devoción.
En ese mundo ya no cabía nada repugnante o doloroso;
debían salir por siempre las noches tormentosas, el morbo tenaz,
las imágenes grotescas y obscenas, y
al escuchar secretos a través de puertas prohibidas.
Y el sito que anteriormente ocupaban estas cosas horrendas,
ahora lo iba a llenar un esplendido altar en honor a mi hermosa Beatriz;
en cada oportunidad que me consagraba a ella, lo haría a los mismos dioses,
al mundo espiritual.
Toda esa parte de mi existencia que me obsequiaba pecados y excesos,
la sacrificaba por la que daba amor y luz.
Lo que yo buscaba, a fin de cuentas, era la pureza, la belleza, y lo espiritual,
no el placer mismo o la felicidad.

Mi vida cambio completamente gracias al culto practicado a Beatriz.
Unas horas antes de verla, continuaba siendo el joven inmaduro y cínico,
y a partir del instante en que la vi, era un devoto ministro de templo,
esperando llagar rápidamente a la santidad.
Y no solamente me aparte de la vida mala a la que ya me había habituado,
sino que intente infundir en todas mis cosas,
hasta en las mas cotidianas
-lenguaje, vestido y comida.-
la dignidad, la pureza y lo noble
de mi nuevo despertar.