Donde quiera que tú vayas mis manos siempre lograrán tomar las tuyas y así poder empezar nuestro recorrido juntos. Quizás te preguntes, ¿por qué te seguiría sin importar cuantos kilómetros debamos recorrer o en qué momento comenzarán a dolerme los pies? Y es que donde tú estés el dolor no existe, solo proclama el deseo de poder continuar sin parada alguna, sin un momento en el que exista un desenlace de ambas; solo yace en nuestras oscuras vías el sentimiento de ir a cualquier lado, de continuar y no mirar atrás juntos, porque a donde tú vayas estaré yo, prendida de tu mano, como un hilo rojo que me ata —voluntariamente —a tus recorridos con las vistas más bellas que haya podido descubrir.

A donde quiera que tú vayas voy a estar yo con las esperanzas de una niña exploradora dispuesta a dar inicio a su primera aventura, dispuesta a huir solo para darse y darte en el gusto de no volver porque ahí donde vayamos estaremos mejor.

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