Ingenua. Vulnerable. Inocente.
Era todo esto cuando te conocí. Cuando me hablaste por primera vez. Cuando te hablé por primera vez.
Me enseñaste un lado del mundo que aun no había visto, mensajes que jamás me habían mandado, emociones que jamás había sentido.
Tardé un poco en caer en lo que estaba pasando pero desde el primer mensaje estuve atenta a tus notificaciones. A tus "te extraño". A tus "te amo". A tus risas y a tus audios. A tus "sos hermosa". Me acostumbré a hablarte por días, semanas y meses. Las horas seguidas hablando se acumularon y empezamos a hablar todo el día y toda la noche. Nos íbamos a dormir a la cinco de la mañana para volver a hablar a las dos de la tarde.
No recuerdo el momento en el que empezaste a llamarme "linda", "bombón", "hermosa", "corazón", "amor", pero te copié. Te llamé "lindo", "bombón", "hermoso", "corazón", "amor", "bebé". Vos también me llamabas bebé.
Fue lo más lindo que jamás me dijeron, y se volvió algo nuestro.
Me mandabas el único emoji que me gustaba, porque sabías que odiaba el resto.
Me decías bebé porque sabías que me encantaba.
Y sé que jugaste. Que no estabas interesado y que mi "bebé", era solo uno de los tantos apodos que decías. Sé que tardé mucho en darte lo que querías. Tanto que te fuiste.
Pero te fuiste de la nada. No pude decirte adiós. A vos tampoco te pude decir adiós y eso me está matando.
Me empezaste a ignorar, cortaste toda comunicación y no sé que hice mal.
Pero necesito decirte adiós. Y esta es mi carta.
También me enseñaste lo que es tener el corazón roto.
Estoy segura de que fuiste mi primer amor. Ese que dicen que duele como el infierno y que te hace mierda, pero te enseña.
Vos me enseñaste.
Pero pensé que eras el primer chico que me quería. Al parecer no lo suficiente como para verme en persona.
Y sé que no te importa. Que no te importo.
Pero vos a mí sí.
Y sé que no ibas a ir. Que nunca ibas a aparecer.
Pero me emocioné igual.

Y te extraño.
Te extraño como nunca extrañé a alguien que no conocí. Y de lo único que me arrepiento es de no haber aprovechado nuestra última conversación.
Y hoy, hoy me acuesto sabiendo que te perdí, que di todo y aun así te perdí. Que te perdí pero que jamás te tuve.
Que mientras yo esperaba tus mensajes vos les dedicabas aquellas palabras tan anheladas a otra persona. Más de una. Que fui una distracción, como muchos lo fueron para mí de vos.
Que vos fuiste mi primera opción mientras que para vos yo ni contaba.
Y extraño con locura tus mensajes, porque sé que incluso, en el más remoto de los casos, si vos me hablas, sé que no puedo permitir dejarte entrar de nuevo. No me puedo permitir eso. Porque me tengo que querer más a mí.
Porque sé que ya nada va a ser como antes. Nunca.