Te mentí.
De vez en cuando suelto alguna mentira piadosa y lo siento, pues no quisiera que descubras lo frágil que soy en realidad.
Porque lo soy y te he mentido. No sé cómo explicarte que he llorado todas las noches que he pasado contigo por lo mucho que te quiero. Porque sí, te quiero tanto que lloro. Te quiero tanto que mis poros piden a gritos que te acerques, para acurrucarme contra ti aunque en este lugar haga tanto calor.
Así que sí, he llorado. En silencio, claro.
No me gusta que me escuchen llorar.
Y he sentido ese nudo en la garganta que te aprieta tanto que duele, que se extiende hasta el alma y te roba el aire.
Me gustaría poder confesarte que la idea de volver a irme me da vértigo y que me siento un poco perdida.
Pero lloraré, porque no sé cómo decírtelo. Desde el otro lado de la cama, escuchándote roncar y temblando en un silencio que me pesa.
Porque no, no me gusta que me vean llorar.
Estar contigo es como ir en una nube, parece que nada malo puede pasar, pero ya sabes que yo siempre he estado llena de miedos. La cuenta atrás aprieta casi más que el nudo y mi reloj, desgastado en la muñeca, sólo me recuerda cuánto tiempo me queda. Joder, que voy a echar de menos la forma en la que mi cabeza encaja a la perfección en la curva de tu cuello al abrazarte.

Y que no sé cómo decirte que me muero cada día un poquito más cuando estás tan lejos. Pero morir por amor es bonito cuando todo esto trata de ti.
Perdóname, porque no quiero mentirte y lo hago. Perdóname, porque tengo miedo y no sé cómo explicarlo. Perdóname, porque aflojar mi coraza me acojona y no sé cómo hacer para volver a sostenerme.
Perdóname, porque te quiero tanto que se me olvidan las palabras cuando te miro a los ojos.
Te mentí.
Y no sabes cuánto lo siento.