Me abrazo fuerte porque reconozco que mi perseverancia, mi esfuerzo y los pequeños cambios que he generado por y para mí.

Me abrazo porque sé que, aunque estuve mucho tiempo maltratándome, hoy quiero realmente ser más amable conmigo misma y escucharme sin ánimos de culparme y buscar cómo castigarme.

Me abrazo y me admiro profundamente pese a que por momentos me desoriente y me olvide de todo lo que valgo y puedo llegar a ser. Esto, junto con cada momento de vulnerabilidad, sé que son parte de la vida y su intrínseca tendencia al cambio, a la versatilidad.

Me abrazo y me perdono: por el ayer, por lo injusta que puedo ser ahora, por los errores que vienen y se escapan de mis manos. Me perdono por hacerme creer que perder, fracasar, hacer el ridículo, sentir nervios o llorar al aire libre me hacían una persona inferior e incluso tonta.

Básicamente, me perdono por avergonzar mi fragilidad. Por negarme a pedir ayuda cuando me desbordaba. Por tenerle miedo a enfrentarme con las situaciones que nunca resolví y que tenía temor de asimilar.

Hoy, quiero ser un poco más libre y dejar ir una pesada carga de experiencias que permití que me sobrepasaran. Quiero pensar más en mí y menos en tener el control. Ya no necesito buscar culpables, lo único que me interesa es recuperar mi energía para convertirla en acción que sane y me transforme.