Y terminanos abarrotados
con los pies cansados,
el pecho enrojecido e hinchado.

Con la voz entre apagada por la agonia exasperda,
llenando el corazón de orgullo, al gritar "mi Dios es mejor que el tuyo"
enmascarandonos en simboligia reutilizada, cual baratija barata.

Buscando la felicidad con una mano ensangrentada (directa o indirectamente)
diciendonos o convenciendonos que todo esta mejor que antes.

Aprendimos a dejarnos los puños en las armas, para banderear una paz robada, imponiendonos "o ellos o nosotros".

Malgastamos palabras y descartamos personas por "no ser aptas"
blasfemiando vocablos impuestos en un libro,
las cuales parecen que en vez de decir amor, gritan odio y prejuicio.