Contemplaste la llegada de la luz de la mañana, tibio y en silencio. Con la misma gracia que llenaba el obsequio que trajiste envolví una respuesta para ti. Del deseo para el deseo.

Se alejó de mi la voluntad de dirigir mis pensamientos y sin remedio, encantada, vi todo lo que había olvidado, lo que ya no se me dejaba hacer.

Sentí de ti la ternura, el amor y el fuego, dentro del incendio no lo pude detener y a la merced del sentimiento escuchaba tus indicaciones, que venían desde adentro de mi piel.

Desde ese momento te tengo aquí encerrado, entre pecho y espalda, jugando desde adentro con todas mis flores y con todo mi amor.

M.T.