Caminamos por la mañana, caminamos hacia nuestro deber u obligación. Caminamos mirando un punto fijo de la calzada. Nos ponemos los audífonos y escuchamos nuestras canciones favoritas, haciéndonos el favor de empezar bien el día. No nos damos cuenta de la gente que pasa por nuestro al rededor, de los niños, perros, coches... Miramos a un punto fijo, esquivando cada detalle de la acera. Pensando en lo que nos vamos a enfrentar ahora. Pocas son las alegrías que nos da pensar en esas cosas.
Y así llegamos a la parada del bus, y, a lo lejos, viene aquel vehículo conducido por una persona cumpliendo con su deber. Allí, todos suben en el pequeño rectángulo, hacinados, con caras largas y serías, algunos leyendo el periódico, otros mirando al infinito y los más comunes con el móvil en la mano. Bajan del bus y allí van a su cruel destino, que ellos mismos eligieron. ¿Por qué lo eligieron? Cada quién tiene su por qué, pocos lo dirá con alegría. Por eso van allí por obligación y no por querer.