Las letras de mis palabras se han detenido, parecieran congeladas, pero eso es solo una ilusión, son tantas y suenan tan alto que se confunden dentro de tanto bullicio; han formado una gran nube que las deja caer de una en una como llovizna, como obsequios de agua para los campos sedientos.

Con la noche llegan unas y con el día vienen otras y, todas siendo una sola, descansan ante mi como un texto largo que con sólo verlo ya lo sé, lo sé todo.

Una vez que corre toda el agua del río quedan atrás sus plantas, sus rocas y su fértil tierra, llenando su cauce de vida y también de aquello que puede vivir sin agua, porque solo las nubes saben cuándo el agua ha de volver.

Qué suave el movimiento de una mano al escribir y qué ligero el movimiento de los ojos al leer; lleno de gracia, el movimiento del alma es diferente, imita el vaivén del sonido de tambores y hace danzar al pecho al mismo ritmo, y así, permite ver sin manos y sin ojos todo lo que las nubes dejan caer hasta el suelo, empapando y salpicando.

M.T.