El avión se detiene. Levanto la mirada para ver el rostro de mis compañeros. La guerra terminó. Ganamos.
¿Ganamos?
Cualquiera diría que fuimos totalmente derrotados si pudieran ver nuestras caras. Nadie sabe realmente lo que nos tocó vivir en estos meses. Hambre, frío, sed, miedo, estrés, calor, enfermedades, dolor, insectos.
Muerte.
Aunque eso a los medios no les importa. Solo quieren mostrar nuestra cara más victoriosa, aquella en la que hizamos la bandera de nuestra patria en la plaza principal de la capital enemiga. Estoy en esa foto. Lo que no muestra es que después de aquel sencillo acto rompí a llorar. Lloré por mis amigos caidos, por mi familia que me espera, por el cansancio que tengo, por el dolor en mis manos entumecidas a causa del retroceso de mis armas, por las familias de aquellos que no volveran a casa conmigo, por mis enemigos muertos, por aquellos a quienes yo maté, porque necesito un abrazo de mi mamá.
Antes de bajarnos del avión, nos dicen que afuera está la prensa. Tenemos que salir sonriendo, tener el aspecto de vencedores. Sonreimos sin ganas, no queremos más problemas. Solo queremos... solo quiero llegar a casa de mi vieja, comer algo caliente y dormir hasta el fin de los tiempos.
En el aeródromo nos recibe el Presidente, dedica unas palabras, un apretón de manos. Se reparten unas medallas (recibí un par por salvar a algunos compañeros en medio de la batalla) y luego de un minuto de silencio por nuestros caidos, la multitud se dispersa. El presidente se va, seguro a dar alguna nota sobre "su" victoria. Nosotros, sin decirnos nada, tomamos nuestras mochilas y vamos en busca de un auto que nos lleve a casa.
El taxista es comprensivo, me ve la cara y sabe que no quiero hablar. Solo le digo una dirección y le pido por favor que me lleve. En el camino veo el paisaje, y me encuentro comparandolo con los lugares por los que anduve con mi tropa. A lo lejos veo un bosque y me parece ver salir tanques de el. Me espabilo, solo es una ilusión creada por mi memoria.
Al cabo de media hora llegamos a la casa de mis padres. Me dispongo a pagar el viaje y el taxista rechaza mi dinero. -Sufriste mucho por nosotros, quedate tranquilo. Esos pelotudos que se la dan de los ganadores viajan en limusinas y con guardia y los dejan tirados a ustedes. Esto es lo menos que puedo hacer por vos, flaco. Gracias por todo.
Quedé sorprendido, y casi lloro frente a el. Le agradezco enormemente su gesto y el se va. Crucé la calle y me acerco al edificio donde viven mis padres. Aprieto el botón del portero y una voz que no oí en 8 meses responde.
-Si?
-Mama?

5 minutos después estoy llorando a gritos en su hombro, mientras me abraza con todo su amor, y mi viejo nos abraza a los dos. Es todo lo que yo quería.