Los Ángeles, 24 de Julio de 2017

María:

Antes que nada me veo en la obligación de advertirte que esta no es una carta de despedida. Es meramente una confesión. Y espero decidas absolverme al llegar al final de estas líneas.

Voy a ahorrarme las fórmulas de cortesía. Vos y yo sabemos que resultarían superfluas. Basta de teloneros y directo al acto principal.

El recuento de mis falacias y trasgresiones comienza así:

Les Paul. Sí, completo y como figura en mi pasaporte. Mi nombre y también la primera mentira que te dije. Porque como recordarás esa noche cuando nos conocimos me jacté de odiarlo. Bueno pues, muy por el contrario, creo que el problema es que lo amo demasiado. Verás, mi padre quería que todos sus hijos llevaran el nombre de una de las grandes estrellas que lo habían inspirado en su carrera musical. Cuando llegó el primero se dio cuenta de que para él en realidad no había mayor inspiración que la propia música. Y eso lo representaba su guitarra. Su Les Paul. Así es como todo comenzó. Cuando me hice mayor y empecé a amar la música tanto como mi padre lo había hecho mientras aún vivía comencé a resentirlo. Por su culpa y ese estúpido nombre mi amor por la música parecía haber sido impuesto, y no una decisión tomada con mi propio y libre albedrío. Como una más de esas decisiones que nuestros padres toman por nosotros. Y yo no podía soportar que nadie me robara ese amor desenfrenado y obsesivo que yo sentía por mi garganta en carne viva cuando cantaba, por mis manos de uñas astilladas llenas de ampollas que las cuerdas de mi guitarra reventaban y volvían a generar, por las vibraciones sordas en mis entrañas cuando subía el volumen y por mis ojos cerrados cuando era mejor no ver y solo sentir. Y entonces lo hice. Como el asesino serial de promesas que soy cambié el color de mi cabello por este azul anárquico que me ganaría mi apodo y erradiqué a Les Paul de la faz de la tierra. Claro, eso solo después de prometerle a mamá que honraría la memoria de mi padre y su legado. Al menos fui yo a quien se le ocurrió la idea de formar una banda con mis hermanos. Pero estoy seguro de que mi madre nunca volvió a verme de la misma manera. Ella extrañaba a su Les Paul y supongo que ya no podía encontrarlo, tan oculto como estaba, detrás del brillo infame de mi cabello, la vorágine de mi desasosiego adolescente sin una figura paterna y el caos indigno de mis tatuajes.

No quiero escribirte una autobiografía y tampoco recuerdo mucho de esos primeros años. Las drogas, el alcohol y la irreflexiva turbulencia de subir todas las noches al escenario guitarra en mano para ofrecer mi alma a esa diosa codiciosa que es la música me impiden realmente poder narrarte más. Pero lo importante es que durante este tiempo volví a romper una promesa y esta vez fue a la única persona que amaba en el mundo mucho más que al Rock and Roll. La noche que Dylan nació yo le prometí a ese bebe indefenso que iba a cuidarlo. Años después estaba inyectándole heroína sobre la moqueta sucia de un bar en Los Ángeles. Nunca pude recuperarme de eso. Creo que ya lo sabes pero Dylan no murió. Después de que los paramédicos intentaron reanimarlo sin éxito nos llevaron a ambos al hospital. Yo pude salir vivo de esa sobredosis pero mi hermano ya nunca volvió a abrir sus ojos. Nunca nadie me dio esperanzas de que fuera a recuperarse pero yo igual las albergaba. ¿Qué más podía hacer después de saber que había matado a mi propio hermano? Algunas familias luchan contra la adversidad. La mía no, nosotros nos hundimos en ella. Al igual que Caín fui condenado a vagar por esta ciudad de ángeles repleta de demonios con la marca de mi pecado recorriendo mi mandíbula en forma de cicatriz. Y la única persona que quedaba a mi lado mortificada por su propia culpa se convirtió en una más de las víctimas de mi corrupción. El Loco y yo recorrimos juntos los callejones más abyectos de la ciudad en busca siempre de más suciedad, más degeneración y más crack. Lo obligué a los actos más atroces y a soportar mi propia brutalidad y mi amor enfermizo solo porque él parecía ser la única persona que podría quererme, y yo lo necesitaba. A él le prometí que nunca iba a volver a inyectarme heroína. Y ya adivinarás como terminó eso.

Mi vida podría haber seguido en ese espiral de destructiva indulgencia y adictivos impulsos sino hubiese sido por esa tarde en el hospital. Como casi todos los días llegué arrastrándome, perdido en mi tormento y delirios inducidos por el alcohol, hasta el lecho donde mi hermano fingía respirar conectado a la red eléctrica. Y allí me esperaba otro golpe. Los médicos habían decido que ya no podíamos seguir alimentando esa pantomima de una vida artificial. Dylan iba a ser desconectado y la idea de que mi hermano ya no pudiera escuchar mi voz y las notas de mi guitarra me provocaba un terror tan absoluto que no encontré alternativa alguna más que acabar con mi vida cuando él se fuera. No podía dejarlo solo. Le había prometido que iba a cuidarlo y por una vez quería cumplir una promesa.

Pero como suele ser con estas cosas justo cuando yo menos los necesitaba mis otros hermanos volvieron a mi vida. Jagger y Lennon habían vivido su propio infierno pero eso no justificaba ante mis ojos su abandono. De todas maneras estaban arrepentidos y me rogaron que aceptara internarme en una clínica de rehabilitación de mucho prestigio que ambos habían visitado en más de una ocasión. Y así fue como les prometí 28 días. Los 28 días que duran la mayoría de los programas de desintoxicación. Esos 28 y ni uno más. Ellos claro estaban convencidos de que mis ideas suicidas se originaban en mi adicción. Una vez curada ésta, esas extrañas paranoias desaparecerían. Nunca pude comprobar si su teoría era correcta dado que me di de alta al día siguiente y corrí a la calidez de los brazos del Loco y del humo dulce y adormecedor de sus cristales. Esa misma noche tenía que trabajar en el bar así que hacia allí me dirigí, sin ningún remordimiento por mis hermanos y sus esperanzas que acababa de fumarme a través del tubo de vidrio de mi pipa. Y si, ahí es donde entrás vos. A vos también tenía que hacerte una promesa. ¿Por qué? Porque desde que tengo uso de razón siempre he necesitado decir a las personas justo lo que quieren escuchar. Porque algo no funciona correctamente en mi cabeza y porque por alguna razón soy incapaz de mantener esas promesas que tan feliz me hace regalar a transeúntes desprevenidos. A vos te prometí solo 27 simplemente porque las matemáticas estaban de mi lado y porque me di cuenta de que te gustaba el Rock, te gustaban Morrison y Cobain y qué mejor que fingirme uno más del club. Mis planes no habían cambiado. Esas promesas que no intentaba cumplir y las mentiras anónimas comenzaban a confundirse las unas con las otras pero yo de todas maneras sabía como iba a terminar todo esto.

Hace algunos días, cuando finalmente se apagó el interruptor y cuando la línea se volvió recta, todas mis certezas desaparecieron y ya no estuve seguro de nada.

Ahora, escribiendo esta carta, aún no estoy seguro. Pero este es uno de los 12 pasos del programa que por fin comencé la misma noche en que te fuiste:

Número 9: Hacer enmiendas directas con las personas a las que hemos lastimado.

Así que te escribo esta carta. Donde sea que estés…

Perdón,

Les Paul

Blu

¿Continuará?