Quedé con esas ganas,
con esas ganas de saber más de ti.
Quedé con las ganas de robarte la mirada.
Con las ganas de que escuches atentamente mis incoherencias cuerdas y me pidas más.

Casi como si no importara nada, me deleitaba al hablar, observando tu mirada tan indescifrable, tan perdida, tan confusa como un eco resonando en el bullicio de aquel lugar, pero tal bullicio no era capaz de parar la fuerza de aquella mirada, de tu mirada.

Era difícil percibirte y no sentir curiosidad.
Era casi un secreto a dos voces la historia de tu piel, de tus labios, de tu rostro lánguida, murmurabas tal cual caracol en arrullo y yo moría, moría por más.
Era perfecto el mimetismo de aquellos dos humanos perdidos en aquel espacio tiempo.

“Mimetismo” otra palabra que me enseñaste a encajar.

Se hacían compases pares entre nosotros, como si nuestras almas se reconocieran de tiempos pasados.

Y sin conocerte, yo con sed de ti y tu con sed del arte.

O ¿Tal vez de mí?