Hacía mucho, mucho tiempo, en un castillo junto al mar,
había un frívolo príncipe que ya no parecía recordar
aquellos tiempos, antes de la vanidosa oscuridad,
cuando su frágil corazón aún sabía como amar.

El frívolo príncipe creció como cualquier otro niño,
solía jugar solo en las orillas de un empinado risco.
Todo el que lo conoció, le profesó sincero cariño,
pero conforme el niño crecía, se iba volviendo arisco.

Cuando el frívolo príncipe se acercó a la juventud,
tuvo su primer conflicto de gran magnitud.
Una terrible tragedia lo había transformado,
pues el joven chico se había enamorado.

Y no fue sino su único amigo, quien en esta situación
había sido el afortunado, escogido por su corazón.
Y aunque nunca había sido su intención de otro hombre enamorarse,
el joven príncipe no tuvo más opción que resignarse.

El tiempo pasó, y su amor por él no hizo más que crecer.
Pero el príncipe no era tonto, o eso fue lo que se hizo creer,
pues siempre pensó que aquel chico no le iba a corresponder.
Y vaya que no estaba equivocado, porque a sus sentimientos, el chico no podría responder.

El príncipe crecía y crecía, y la misma escena se repetía.
Él joven no hacía más que enamorarse,
de chicos que jamás podrían amarle.
Pero un día el príncipe se cansó, y juró por amor no volver a cortarse.

El joven se transformó en un ser al que ni él mismo reconocía,
pero muy en el fondo, él sabía
que no había hecho más de lo que debía
para así pasar a sentir nunca más la melancolía.

Se encerró en un gran castillo junto al mar,
sobre el risco en el que de pequeño, solía jugar.
Y se juró a si mismo no volver a recordar
los días en los que su corazón aún sabía como amar.

—Juan Román