Las horas pasan, y los sonidos de aquel antiguo reloj van aniquilando a mi corazón.
El vacío que siento en mi pecho no se llena con humo o alcohol.
Tan solo tus labios podrían suplirme de lo que necesito.
Tus iniciales ya se encuentran en cada rincón de mi solitario hogar, y no me refiero a mi casa, sino al lugar donde mi imaginación empieza a volar.
Te observo observarla y sé reconocer esa mirada, como si ella fuera la única en tu universo. Lo sé, porque es así como yo te miro.
Mis palabras nunca llegarán a tus oídos, pues mis únicos confidentes son el lápiz y el papel.
Y ya he pagado el elevado arancel por el sentimiento que en mi has hecho arder. Y si es preciso, lo pagaré otra vez, con la condición de ver tu sonrisa iluminando en mi piel.

—Juan Román