Solía pensar que íbamos a estar juntos para siempre, hasta ser unas pasitas.
Me lo prometiste, me lo juraste.
Siempre juntos sin importar nada.
Nada nos iba a separar.
Teníamos nuestra vida planeada.
Vivir juntos.
Viajar juntos.
Mis hijos te iba a llamar tío.
Entonces, ¿Qué pasó?
¿Por qué decidiste dejar todo hasta aquí?
¿Por qué?
Me prometiste, me juraste que nunca te irías de mi lado.
Y a la primera lo hiciste.
¿Realmente era eso lo que querías?
¿Realmente no te importó lo rota que me dejaste?
¿Sabes a caso cuántas veces he llorado?
No, sé que no lo sabes.
Siempre piensas en ti.
Todos me lo advirtieron.
Me dijeron que tú no merecías mi amistad.
Pero ahí estaba yo, aún apostando por ti.
Hasta el final.
Y justo ahora, luego de ver lo que piensas de mi, me doy cuenta.
Tú y yo nunca debimos ser amigos.
Yo confiaba en ti y no te importó.
Mi familia confiaba en ti y no te importó.
Me rompiste y no te importó.
Nunca te importó.
Y me duele.
Me duele demás, porque desde pequeña me enseñaron que los amigos son una joya preciada.
Y yo te consideraba mi amigo.
Mi mejor amigo.
Mi hermano.
Mi joya más preciada.
Y sin importar qué, sin importar que las personas piensen que soy bien estúpida.
Siempre que necesites de mi, háblame.
Ahí estaré.
Dispuesta a sacarte una sonrisa.
Como tú muchas veces lo hiciste.