En el día más frío de la ciudad bailamos sobre las nubes, cuidando cada paso y temiendo al sol, fue aquel baile el que me hizo amarte, y fue ese baile el que me hizo odiar. Paramos, porque se hacía difícil respirar cuando mi corazón latiente yacía en tu mano, sangre dorada brotando de él, dando sus últimos tumbos torpes; sin mi corazón no puedo danzar el baile de furia, y sin mí, mi corazón no puede sentirla. Recuerdo el toque amable a mi pecho vacío, y la mirada melancólica, pero recuerdo con aún más claridad cuando extendiste tu mano y tomaste la mía, cuando abriste tus labios y hablaste - una última vez-, me dijiste al oído, y lo fue, cuando pretendía caer en tus brazos, pero caí en el vacío, en una bajada lenta, y sin final; las nubes mirando mi agonía me atraparon en sus fríos brazos, y se dejaron teñir de oro. Poco a poco me sentí adormecer, escuchando a lo lejos una canción de cuna, y sintiendo en mi pecho unas manos frías, cuando ya no pude resistir más, cerré mis ojos, imaginando la esplendorosa ciudad cubierta de oro en la lluvia de mí sangre.