Por María Moreno

No quiso hablar sobre la muerte de su hermano.

Yo tampoco quise saberlo. No hice preguntas. Una conversación así requería de un compromiso emocional que yo no estaba dispuesta a asumir. Requería tiempo y paciencia. Y ambos carecíamos de uno y otro. Él dijo accidentalmente y eso era suficiente en ese momento. Quizás si yo hubiera preguntado. Quizás si solo lo hubiera abrazado. Quizás. Pero en lugar de eso tomé la botella de whisky y volví a refugiarme en sus brazos y en el vacío irreflexivo de nuestros cuerpos desnudos que no querían, no podían o no sabían lidiar con la realidad y la tristeza.

La historia de la muerte de su hermano la supe mucho tiempo después. Pero ustedes van a conocerla ahora. Blu quería contármelo en ese momento. Eso también lo supe mucho tiempo después. Y en honor a la verdad no puedo dejar que piensen que él era un bastardo sin sentimientos. Lo era, pero no siempre había sido así. En otro tiempo Blu era feliz. Era inocente y tenía tres hermanos.

Pero no se dejen engañar. Esta evidencia presentada al jurado debe ser desestimada. El Blu que van a conocer es la versión pre-asesinato involuntario. La versión posterior es oscura, es obsesiva y destructiva. Esa versión no merece absolución por sus pecados. Pero quizás sea importante tener en cuenta las circunstancias atenuantes de sus crímenes. Y quizás también sea importante tener en cuenta que ese hermano que murió, ese era su hermano favorito. Y lo amaba desesperada y trágicamente. Lo amaba más que a nada ni a nadie en todo el mundo.

“Los chicos Williamson eran cuatro. Cuatro hermosos muchachos que eran la luz de los ojos de su madre. Todos llevaban orgullosamente el nombre de una estrella del Rock. Esto porque su papá era un amante de ese género y porque además era el cantante de una banda. Los chicos se habían criado escuchando Rock and Roll y especialmente las canciones de su padre. Era de hecho la única forma que tenían de oír su voz ya que un desafortunado designio del destino lo había arrancado de su lado cuando eran aún muy pequeños. El líder de una de las más famosas bandas de los años 80 había muerto trágicamente en un tour por todo el país. Abuso de sustancias, un accidente automovilístico y así sin más los cuatro chicos Williamson se habían convertido en huérfanos. Pero el legado de su padre vivía en ellos. Cuando fueron mayores comenzaron su propia banda. Además siempre tendrían sus nombres. Dylan, el bebé póstumo de la familia, llegado al mundo solo días después de la fatídica partida de su padre. Los mellizos Lennon y Jagger que tenían 2 años en ese momento y el mayor de solo 5 que al crecer renegaría de su herencia, se haría llamar Blu y decidiría que iba a llevar el cabello obstinadamente azul desde los 15 años hasta el día de su muerte, según sus propias declaraciones.

Fue justamente a este, el niño mayor, a quien la partida de su padre golpeó más profundamente. Blu pensaba que nunca volvería a sentir un dolor como aquel, un vacio tan hambriento e insaciable como ese que exigía dolor, exigía sangre y exigía siempre un poco más. Más dolor, más sangre. Pensó que ese vacío iba a llenarse algún día. Nunca pensó que muy por el contrario, en ese intento por llenarlo el vacío se volvería cada vez más insondable, más hambriento, más eterno. Pensó que algún día podría salir de ese agujero negro y solitario donde se había dejado caer cuando soltó la mano de su padre antes de verlo subir al autobús de la banda y tomar la carretera interestatal. Nunca pensó que no solo nunca saldría de allí sino que además arrastraría dentro de esa oscuridad a la única persona que amaba.

-Estabas un poco desafinado en el segundo coro, Blu. El aullido del final me gustó de todas maneras. Buen toque.

-¿Si? A tu novia también le gustan mis aullidos- Jagger golpea el hombro de Blu en un gesto juguetón pero con la suficiente fuerza para hacerle saber que sus cometarios insidiosos no son bien apreciados. Blu sonríe pero no agrega nada más. Sabe que hay uno de los mellizos con el cual es seguro bromear y sabe que hay uno con el cual es mejor no meterse. Lennon sale del escenario dando saltos y golpeando todo a su paso con las baquetas que todavía lleva en la mano. Siempre tiene muchísima energía y como si fuera poco es fanático del ácido y el Speed. Blu no recuerda haberlo visto sentado o simplemente inmóvil durante más de tres segundos desde hace mucho mucho tiempo.

-Fue el mejor concierto que hemos dado hasta ahora ¿O qué?- No podían negarlo, la energía del público había sido surreal y el hecho de que hubieran llenado un espacio de esas dimensiones era casi increíble. Quizás el nombre de su padre había atraído a las generaciones más viejas entre el público pero las nuevas definitivamente estaban allí por ellos, y eran una avasallante mayoría. Los hermanos tenían carisma, eran extremadamente guapos y podrían haber carecido de todo eso porque solo musicalmente eran una fuerza imparable. Otras bandas habían intentado atraerlos individualmente para sumarlos a sus filas. Un talento así era codiciado. La voz de Blu gutural, profunda, agresiva, imposible de ignorar. Los solos de guitarra de Jagger que no parecían de este mundo. La locura blasfema de Lennon en la batería. Y Dylan. Dylan y la perfección de las notas en su bajo. Él siempre era el último en desaparecer del escenario. Le gustaba dedicar unos minutos al final de su performance para absorber el aplauso y el clamor del público. Era muy introvertido y nunca hablaba demasiado pero en el escenario sosteniendo su instrumento gritaba a través de la música. Cerraba los ojos y viajaba fuera de su cuerpo. Sonreía y solo sus manos se movían sobre las cuerdas. Sonreía con los ojos así fuertemente cerrados y sus hermanos sabían que allí en el escenario estaba Dylan realmente vivo. Todos lo adoraban pero ninguno tanto como Blu.

-Dylan, Dylan… estuviste increíble- El recién llegado sonrió tímidamente y se sentó en un sofá de cuero encendiendo un porro. Sus hermanos rápidamente se unieron a él entre gritos y risotadas. Algunas botellas de whisky, más drogas y algunas chicas, amigas de la novia de Jagger, se unieron a la fiesta.

Después de unas cuantas horas y muchas botellas vacías esparcidas por el suelo, la fiesta por fin había terminado. Ya no había música, risas ni cocaína. En el instante más oscuro justo antes del amanecer Blu se encontraba en el suelo, sentado junto a Dylan, fumando un cigarrillo. Adoraba hablar con su hermano. Él era bueno escuchando. Era incapaz de maldad y jamás te juzgaba. Blu podía hablar por horas solo interrumpido por la respiración suave de su hermano a su lado. Porque él lo amaba a pesar de todo y Blu sabía que nunca nadie lo iba a amar así. Se enfrentó a la mirada del único dueño de todo su afecta y le sonrió. Él le devolvió la sonrisa y encendió otro cigarrillo con la colilla del que aún sostenía en los labios.

-Mataría por un porro en lugar de esto. Pero fumé el ultimo hace horas- Dylan no era muy adepto a las drogas y al alcohol. Lo único que realmente le gustaba al más pequeño de los Williamson era la marihuana.

-No tengo hierba pero tengo algo mucho mejor- Blu sacudía una bolsita delante de su rostro. – Lo probé hace unos días con el Loco ¿Te acordás de él? Éramos compañeros en la secundaria, pero lo echaron porque era terrible. Está de nuevo en la ciudad.

Dylan hizo un breve gesto de reconocimiento. Sabía de quien le hablaba su hermano pero eso no le importaba. La bolsita había despertado su curiosidad -¿Y qué se siente?- Los ojos brillantes de deseo. Blu sonrió -No podría explicarte. Tenés que probarlo…

Compartieron la aguja hipodérmica que Blu llevaba en el bolsillo y se acostaron uno junto al otro sonriendo. El azul del cielo contra el azul del mar. Y seguían sonriendo. Dylan cerró los ojos y nunca volvió a abrirlos. Blu abrió los suyos horas más tarde en un hospital, solo para enfrentarse a una vida sin su hermano.

Una hermosa mujer rubia enfundada en jeans ajustados entró en la habitación de hospital que ocupaba Blu. Rondaba los cincuenta pero seguía siendo la esposa de una estrella de Rock. Y la madre de cuatro hermosos muchachos que eran la luz de sus ojos. Sin dudarlo se abalanzó sobre la figura que derramaba lágrimas silenciosas sobre la cama. Uñas afiladas se clavaron en su rostro justo sobre la mandíbula y un arañazo brutal abrió una herida sangrante. Le llovieron golpes y bofetadas. Los gritos de la mujer resonaban como truenos en una tormenta.

-Estás tan enfermo. Enfermo. Mataste a mi bebé. Enfermo. Lo mataste. Lo mataste. Y te llevaste todo lo que amaba de mi otro hijo en el proceso. Los mataste. Los mataste a los dos.

Una nube negra y helada descendía sobre la vida de Blu. Todo se volvió oscuro, tanto que ya no se podía ver nada. Golpeó a las puertas del cielo. Pero no obtuvo respuesta”

Continuará…