Por María Moreno

Antes de despedirnos, le escribí mi número de teléfono con delineador de ojos negro sobre el brazo. Completo, con la característica de Argentina +549… y 26 horas 35 minutos 4 segundos y contando después de nuestro primer encuentro en el bar, finalmente llamó. No hubo mensajes de texto o redes sociales de por medio. Una llamada. Porque él era de otra época y porque él sabía que yo esperaba esa llamada. Lo sabía con esa confianza engreída y negligente del “chico de la banda” que siempre está rodeado de groupies. ¿Era yo una groupie más? Probablemente al principio era diferente porque soy de otro país, hablo otro idioma y nuestro encuentro parecía de película. Probablemente era eso lo que yo quería pensar. Probablemente para él era una más. O quizás no. Pero lo que sí es seguro es que ya nunca lo voy a saber con certeza.

Eran las ocho de la noche en Los Ángeles y mi teléfono sonó una vez. Sabía que era él por la característica y quería hacerlo sufrir un poco. Esa idea estúpida de que hay que hacerse la difícil porque si le cuesta te valora más. Conté dos mastodontes y antes de que sonara por segunda vez atendí. Con él era muy difícil hacerse la difícil.

-¿Te gusta el póker?

No dijo hola, no dijo cómo estás, no dijo qué hacés ni ninguna de sus variantes. Así era él. Directo al punto. Para mí era diferente y más que eso lo encontré original y fresco. ¿Por qué perder tiempo con frases prefabricadas, mecanografiadas, sin sustento real? Me gustaba la forma simple que él parecía tener de hacer las cosas. O quizás era un sociópata que no tenía ningún interés en demostrar respeto por normas sociales básicas y vivía con sus propias leyes, lo que significa que era peligroso e impredecible. Quizás. Y quizás yo debería dejar de moverme en el plano de la especulación y empezar a disfrutar un poco de mis vacaciones y relajarme.

-Sí, me gusta- Me reí – Pero no soy de apostar.

-No importa. Yo sí. Vos podés divertirte y dejarme las apuestas a mí -Y para él era todo o nada como muy pronto iba a descubrir – Enviame la dirección del lugar donde te estás quedando y en 23 minutos te busco.

Exactamente 23 minutos más tarde escucho el rugido de una moto subiendo por la entrada de grava del dúplex que Martin compartía con 4 amigos. Tenía una Ducati. Cliché, un poco. Aburrido, imposible. No para mí al menos que hasta ese momento nunca me había subido a una moto así ni había recorrido Los Ángeles con el viento en el pelo y el corazón en la boca. Me sonrió y las luces de un farol en la calle le arrancaron un brillo cegador al anillo que tenía en el labio. El pelo tan azul como siempre y una campera de cuero llena de tachas sobre la piel desnuda completaban el look. Con la mano señaló el espacio detrás suyo para indicarme que me subiera. Yo tenía puesta una pollera blanca tan corta que apenas me cubría los muslos y tan ajustada que las costuras parecía que no iban a aguantar. Se me había cruzado por la cabeza que quizás tenía una moto, pero no se me ocurrió modificar mi vestuario en función de eso. Él se dio cuenta de mi indecisión y de la causa de la misma y se rió.

-Puedo esperar que te cambies si querés – Y quizás era mi imaginación pero yo escuchaba cierto desdén impregnando su voz y una inflexión condescendiente que no me gustó.

-No hace falta – Me subí y mis rodillas quedaron sobre sus muslos, me apreté con descaro contra él y le rodeé el pecho con las manos mientras le susurraba al oído:

-¿Qué esperás?

¿Era una invitación para que arrancara la moto o con mi tono desafiante le estaba dando otra connotación? Él se volvió a reír y después de deslizar la mano izquierda por mi muslo, expuesto y desnudo encima del cuero del asiento, nos pusimos en marcha. Era una tentación perversa tenerlo tan cerca y durante los escasos minutos que duró el viaje no podía pensar en otra cosa que en el contacto de su piel con la mía.

Ni siquiera me había fijado en el camino que seguíamos. De pronto nos detuvimos y pude finalmente prestar atención al escenario. Estábamos frente a un galpón grande con las ventanas tapadas por tablas de madera astillada. No había casas ni otros edificios en las inmediaciones, y los más cercanos, a varios kilómetros, parecían tan abandonados como esta misma construcción masiva en el medio de la nada. Se notaba que era un barrio peligroso. No el típico destino turístico. Por primera vez se me ocurrió que Martin no sabía dónde estaba y que quizás debería haberle comentado de esta cita. Pero desestimé mis miedos y me conminé a mi misma a no preocuparme más. Blu me ayudó a bajar de la moto sujetándome por las caderas con la mirada atrevidamente clavada en mi tanga que quedaba al descubierto. No me había dado cuenta de lo alto que era. De pie los dos uno frente al otro tenía que mirar hacia arriba a pesar de tener puestos zapatos altos. 1.93 supe más tarde que medía. Supe otras cosas también que quizás hubiese preferido no saber, pero por ahora seguía pensando que él era el hombre más sexy que había visto en mi vida. Y lo tenía enfrente. Y me tomaba de la mano.

-Vamos. Me están esperando para empezar la partida.

Entramos y apenas se podía ver algo en la oscuridad del galpón. El techo estaba a casi diez metros y en el medio de la construcción había una mesa redonda con algunas velas que proporcionaban escasa luz. Cinco personas estaban ya sentadas. Hombres de mediana edad y mirada siniestra. Blu los saludó con un movimiento de cabeza y me señaló un cajón en un rincón oscuro donde descansaban varios teléfonos celulares. Dejó el suyo y yo hice lo propio, pero no sin que antes volviera a asaltar el pensamiento de que nadie sabía dónde estaba y mucho menos con quién. Y ahora tampoco tenía forma de decírselo a Martin sin mi celular. Respire hondo y traté de pensar en otra cosa, y no en lo estúpida e imprudente que soy y siempre he sido.

Ocupamos nuestros lugares y Blu tomó sus cartas. Yo no jugaba, solo me había llevado como su talismán de la suerte aparentemente (ojalá hubiese sido sólo eso) pero me senté a su lado disfrutando el juego. El hombre que tenía el mazo en la mano me sonrió y pude ver su dentadura totalmente destruida. Las piezas oscurecidas y carcomidas. Había visto suficientes películas para saber que eso significaba años de abuso de cierta sustancia y de cierto estilo de vida que a juzgar por las apariencias estos hombres llevaban. Claro, sí, a veces las cosas no son lo que parecen. Pero otras tantas son exactamente eso. Y sobre la mesa además de las velas había tres botellas de whiskey y un espejo con varias líneas de cocaína listas para cualquiera que quisiera servirse. Creo que era más que elocuente. El hombre de la dentadura perfecta me vio mirando, y cual ama de casa que gusta de atender a sus invitados, me señaló el espejito y volvió a sonreírme.

-No, gracias – Le dije, sin poder ocultar el desprecio en mi voz. Blu me echó una mirada de censura, supongo que no era lo más inteligente desairar a estos personajes, pero el hombre solo sonrió y colocando el espejo debajo de su propia barbilla aspiró dos líneas. Con el dorso de la mano limpió sus fosas nasales rápido pero no lo suficiente como para evitar que yo viera el hilito de sangre que inmediatamente había comenzado a escurrirse del lado derecho. Blu aceptó la invitación. No me sorprendió para nada. Y lo cierto es que en ese momento cuando podría haber recordado nuevamente que nadie sabía de mi paradero fue el momento en el que dejé de preocuparme. Fue cuando me di cuenta de que este chico definitivamente no era nada como los otros que conocía (y eso que todavía no sabía siquiera la mitad) pero soy una nenita malcriada que quería ser parte del mundo de ese chico malo y quería que me llevara a ese lugar oscuro del que solo había oído hablar. Quizás poner a prueba mis límites o la ausencia de ellos.

-Hagan sus apuestas – Yo le aposté en silencio que iba a terminar enamorándose de mí. Él fue por algo más concreto. Sacó las llaves del bolsillo y dijo:

-Mi Ducati – y así empezó la partida. Él no llevaba dólares como pronto me di cuenta sino que apostaba lo que tenía a la mano en la primera ronda y cuando empezaba a ganar lo recuperaba. Pero no era el mejor jugador y después de algunas manos ya no tenía nada para apostar. O eso era lo que yo creía.

-¿Te retiras? – El hombre de los dientes oscuros miraba divertido a Blu. Quedaban solo ellos dos en la mesa. La pregunta era casi retórica para mí, pero él sabía algo que yo no.

-Última ronda. Todo o nada. Si yo gano me llevo la moto y el dinero – Hizo una pausa y el hombre le preguntó con una sonrisita que no dejaba lugar a dudas. Él ya sabía la respuesta.

-¿Y si yo gano?

-Ella.

La voz vacía e impersonal de Blu y yo cerré los ojos deseando haber oído mal. Él no me había traído hasta acá para apostarme. Él no me podía estar haciendo eso. Pero cuando volví a abrir los ojos las cartas ya estaban sobre la mesa y Blu se reía.

-Es como esa canción ‘The Ace of Spades’, pero yo la única carta que necesito es el As de corazones. Había ganado la partida con el As de corazones. Y parecía casi una ironía.

-Confiá en mí, muñeca – me dijo ya fuera del ambiente viciado y aplastante del galpón y me miró a los ojos. Azul hipnótico contra el avellana de mi mirada herida y decepcionada.

-¿Qué hubiera pasado si perdías?

-Pero no perdí.

-Pero… – Y yo no tenía argumentos para refutar su razonamiento, no iba a recibir ninguna disculpa de su parte así que me parecía sinceramente una pérdida de tiempo seguir discutiéndolo.

-Llevame a casa.

-Primero quiero lo que me corresponde. Yo gané – me tomó del cuello, dominante y persuasivo, e inclinando mi cabeza hacia atrás me besó.

Y cuando la razón me gritaba que corriera tan rápido como pudiera, lejos de ese depredador, y mi instinto se revelaba contra sus manos y sus labios sobre los míos, mi cuerpo terminó por traicionarme y esa curiosidad de saber a dónde quería él llevarme y hasta dónde podía yo seguirlo le ganó al buen juicio que yo nunca pude jactarme de tener. Como bien dicen la curiosidad mató al gato. Pero el dicho no termina ahí. La curiosidad lo mató, pero la satisfacción lo trajo de vuelta.

Le devolví el beso con brusquedad y nuestros dientes chocaron ligeramente entre sí. Mi lengua sobre la suya invadiendo su boca y de pronto me encontré con las piernas fuertemente enlazadas a su torso y las manos tirando de su campera de cuero para evitar que pudiera quedar algún espacio entre nosotros. Con la boca aún sobre la suya le susurré:

-Llevame a tu cama.

Continuará…