Es increíble como el dolor puede transformarte. Es increíble como puede tornarte en alguien distinto a quien eras.
Yo que antes suponía que el bienestar de los demás sería el mío, ahora solo pienso por mi y casi total y enteramente para mí.

La soledad te cambia. Te enamoras de la libertad que te da, digo, te tienes que enamorar de esa libertad pues no hay de otra. Aprendes a comer sin nadie en tu mesa, a convivir con un grupo de personas que inmediatamente volteas, tu persona se convierte en un blanco para las críticas y un agujero para la envidia. Sobrevives los días sentado al lado del conserje, quien se convierte en tu mejor compañía. Enfermas y caes sin brazos que te sostengan ni con mensajes que alivien tu dolor. Entonces ahí ya, decides, es suficiente para continuar teniendo pesadillas en las noches, y otras más en el día.

Pero, lo que nadie te dice es lo rudo, el poco tacto que puedes tener cuando llega una persona que te demuestra un poco de vida a tan solitario callejón que acostumbraste tu vida a ser.

Si supieran... Si supieran... no es intencional. Uno no desea ser así hasta que te hacen serlo. Llegas a un punto donde no importa cuanto duermas, sientes que los días no pasan; no importa cuanto rías, en el fondo sabes que estás llorando; no importa cuantas buenas acciones hagas, la crítica negativa parece aumentar; no importa lo que hagas, sigues en el mismo lugar y ahí es cuando te toca y rompes la ley de la inercia y todas esas fuerzas que caen en ti, te endurecen, te cambian. Estás en el punto donde simplemente ya el fuego no te quema, ya el hielo no te congela, los poemas te aburren y los sentimientos ya no te suavizan.

Si supieran que si olvidas con facilidad quienes son es porque duraste mucho olvidando lo que otros llegaron a ser para ti, que rechazas sentir cosas porque sentir quiere decir que en algún momento experimentarás dolor.