A lo largo de los años, vamos viviendo y creciendo. Vamos creando recuerdos, tanto buenos como malos. Y a lo largo de todo ese tiempo, siempre están los amigos. Porque son los amigos los que te secan las lágrimas, son los amigos los que te enseñan y te quieren, los que te retan y son parte de los recuerdos más sustanciales de nuestra vida. Son los amigos, los que te apuñalan por la espalda.
Confiamos en gente que no lo merece sin darnos cuenta. Y una vez que ya nos defraudaron una incontable cantidad de veces, que ya sufrimos demasiado, decimos basta y nos retiramos de la partida... hasta que la soledad inunda tanto el alma que nos deja sin respiración. Estamos tan llenos de cosas para contar, pero nadie está ahí. Y es en ese momento en el que nos exasperamos. Nos empieza a faltar el aire, se nos oprime el pecho y nos entran unas ganas incontrolables de llorar. Todo de repente, sin motivo y aviso alguno. Desesperados por querer sacarnos esa horrible sensación y hablar con alguien, en un intento de desahogarnos, dejamos entrar a personas que no tienen ni el más mínimo interés en nosotros, haciendo que esa sensación inunde nuestras entrañas otra vez. Encerrándonos en nuestro mundo de fantasías, imaginando historias en las que somos los protagonistas y ya no tenemos falsos amigos.