Me pidieron escribir para la escuela un relato donde narre las aventuras que me gustaría vivir. Y estoy terriblemente bloqueada.

Mis aventuras siempre están en forma de sueños, donde encarno la piel de algún muchacho que explora los callejones malolientes de una ciudad putrefacta, o que recorre una isla en busca de un objeto perdido. Dentro de los sueños todo va más allá, y esos sueños superan siempre a la imaginación que poseo en mi lucidez. No se trata de que no pueda imaginar, sino de que cuando lo hago no soy yo quien protagoniza las aventuras, y que no son aventuras precisamente lo que imagino. Si me dieran la opción, por supuesto que elegiría tener una aventura fantástica en la que yo, como personaje fuerte e inteligente que no soy, probablemente terminaría falleciendo de inanición a mitad de camino. Mi espíritu convulsionaría de mil formas distintas ante el temor y la expectativa. Mi inseguridad y desánimo sería mi propio talón de Aquiles. Sé que no estoy hecha para las aventuras.

¿Cómo se supone que sobreviva a la aventura?

Un mundo fantástico, por más bello que sea, no puede compararse a la pesadez que impide que me levante de la cama, ni a la soledad indescriptible, ni a mi sórdido optimismo. Estoy luchando una batalla contra las bestias dentro de mi cerebro que no sé si ganaré. Y el fin de la historia, sin importar el camino que escoja, siempre será el mismo: el oscuro manto de la muerte.