Bajé del taxi en la calle Uriburu a la altura 800, y dejé pasar algunos minutos que ahora no recuerdo, algunas respiraciones, otros cuantos pestañeos y lo siguiente que hago es acercarme a un puestito de diarios a revisar las editoriales nacionales. Critico un par de tomos, elogio al vendedor y sigo mi camino.
La vereda me saluda con su basura habitual, me reciben las colillas en el suelo y los vecinos con el mate en la ventana del tercer o cuarto piso. Camino sin prisas porque así lo hago todos los días y a esta altura del partido quién cambia gato por liebre.
Pasé por un parking deshabitado silbando los acordes de alguna canción que debo haber escuchado en cualquiera de las radios que invadían mis oídos de camino al café/bar.
Busqué quizás con más emoción que de costumbre a la muchacha de la mesa de la esquina. Sonriendo como un aficionado en la materia mientras tomé la posición predilecta de mis ojos y pedí sin pensarlo un expreso doble y un vasito de soda para tomar la pastilla que tocaba a esa hora. Admito que al principio me parecía una locura pagar 58 pesos todas las mañanas solo para mirar a una mujercita promiscua que exhibía los mejores pechos de todo San Clemente, pero una vez arraigada la necesidad uno no puede sacarse de encima los vicios.
Así que un día comencé a llevarme libros, papeles, la sección de deportes del único diario que tenía en casa, una libreta y un par de biromes trazo fino. Los metía en una maletita de cuero color pardo y jugueteaba con sus hojas hasta que sin intención rompía alguna, para comprender quizás demasiado tarde que el café se había enfriado y que era hora de volver a la calle donde era un comerciante más en las sucias calles de un microcentro polvoriento.
Los 27 minutos más excitantes del día: fingir ser un hombre de letras para impresionar a una torpe joven estudiante.
Siempre pensé que no era la única persona en aquella cafetería que iba a regodearse en sus pestañas y ver cómo sus libros le sacaban sonrisas, otros por el contrario solían provocarle lágrimas.
Recuerdo la primera vez que me crucé con las pecas de su cara; enloquecí en el camino que surcaban y cómo se perdían abajo de su falda.
Por aquel momento ni siquiera imaginaba nada de lo que pasó la última mañana, cuando se paró de la butaca y caminó en mi dirección. Juré que me miraba. Iba concentrada y tan ensimismada; un paso, después otro. El pulso se me aceleró tanto que pensé que todos podrían escucharlo al mismo tiempo que verían cómo instantáneamente mojaba mi camisa con la transpiración que me bajaba por la espalda.
Un momento ella caminaba y al siguiente estaba desplomada en el piso. Qué te puedo decir. A veces un tropezón no es caída, pero en esa ocasión el impacto fue tan grande y quedó a tal punto grabado en mi memoria que cualquier encanto ejercido sobre mí desapareció al verle la cara destrozada contra las baldosas del piso.
Nunca más volví a pagar por tomar un café.