Por más que intentara negarlo a cualquiera que le preguntaba él ya sabía la verdad, la sabía desde hace un buen tiempo, pero era un cobarde y quería negárselo a sí mismo. Pero justo en ese momento, sentado casi frente a ella supo en su interior que no servía de nada seguir negándolo. Le atraía, le gustaba, la adoraba. Podía empezar por sus manos, que siempre gesticulaban hacia todos lados y pareciera que dejaban una estela de algo brillante tras ellas. Podía seguir con su cabello; largo, desordenado y siempre volando a su alrededor. Luego estaban sus ojos... Esos ojos que solo podían ser suyos. Brillantes. Relucientes. Honestos. Curiosos. Adoraba sus ojos de color café; algunos dirían corrientes, pero para mí eran los más únicos y especiales en el mundo entero. Con la luz en ese momento parecían chocolate derritiéndose, oscuros y penetrantes. Me miraban. Directamente hacía mí; sin miedos y sin pretensiones. Podía leer en ellos que me miraba de la misma forma en que yo la miraba a ella, como si fuera magia. Supongo que en el fondo ambos sabíamos que aunque no creíamos en el destino, sí que existen las almas gemelas. Y por fin... Por fin nos habíamos encontrado.

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