La vida es una montaña rusa, tiene sus altas y bajas. Un “evento” que en su momento fue “lo mejor” para nosotros por ser la primera vez, con la frecuencia, ya no nos causa el mismo impacto, aunque ahora sea mejor, esto es porque tenemos más con que compararlo y nuestras expectativas se van volviendo más altas.
Cabe mencionar, que por mera selección natural, nuestro cerebro nos hace amar el pasado y por mecanismos de defensa nos hace olvidar ciertos sucesos malos que pudieron surgir en ese momento (como los traumas que se vuelven inconscientes) o que ahora nos parecen menos importantes.
“Las emociones que vivimos, buenas y malas, son más intensas que cualquier referencia pasada, por más que nos engañe nuestra memoria. [...] Todos los sentimientos disminuyen con tiempo, y en teoría, no tendríamos por qué sentir más aprecio por el pasado, pues aunque no nos demos cuenta, por una simple cuestión física estamos viviendo con más emoción nuestro presente”. Cosmopolitan (2017).
Si nuestro pasado fue mejor, lo mejor sería creer que nos puede esperar un futuro (que aunque diferente) sea bueno también (o sea, si antes lo fue, ¿por qué mañana no habría de serlo? Aún así, es importante diferenciar la esperanza de la postergación de la felicidad, una cosa es esperar algo con emoción y otra es que eso sea nuestro motor principal de felicidad, si hacemos esto, puede que nuestras expectativas no se cumplan y nos llevemos de decepción en decepción, o que llegado el momento anhelado, al día siguiente de que suceda nos de “un bajón” y nos podemos sentir vacíos.
La percepción y aprecio del tiempo (al igual que la felicidad) es relativo. Podemos ver el pasado con amor, esperar el futuro con ilusión, pero lo mejor es vivir el presente al máximo.

Alina Camacho ♥