Al día siguiente, Lidia llevaba el cabello peinado en una media coleta en la parte de arriba de su cabeza.
Adán ya estaba ahí parado.
--Hey –le saludó, ella suspiro --. Buenos días Ariana.
Lidia no pudo evitar su reacción inmediata: sonreír y verlo a los ojos.
-- ¿Lo escuchaste? --preguntó, con la ilusión reflejada en la cara. Adán se acercó a ella, unos cuantos centímetros separaban sus brazos.
--Es precioso Lidia, me encantó –Adán le sonrió.
¿Cómo podía repartir sonrisas a diestra y siniestra? ¿Cómo era que podía hacer que ser sociable pareciera fácil? A ella le costaba sonreír, sólo lo hacía cuando se sentía en peligro potencial o cuando estaba cómoda con esa persona.
--Por lo de ayer –él se removió en su lugar. Lidia no quería escucharlo, estaba casi segura de que le diría “Es mejor no volver a hablar” ya lo podía escuchar --. Perdón por no avisar que llegaría tarde e iría con una amiga a un lugar.
Lidia suspiró y le sonrió con los labios.
--Está bien, no es tu obligación avisarme esas cosas –ella puso los ojos en blanco --. No soy tu mamá, avísale a ella, no a mí.
-- ¿Sí?
Ella debió poner una cara de confusión.
-- ¿No estas enojada?
--No puedo enojarme contigo –declaró.
Y era verdad.