Eres el veneno de la manzana que me das a probar cuando se te antoja, y yo soy la acompañante de tu ausencia de compañía.
En tu complejo de reina de corazones has utilizado tus cartas para construir un castillo en el que regodearte.
Pero se te ha acabado el tiempo.
Y a mí la paciencia.

Has afirmado que yo te importo omitiendo el hecho de que lo hago únicamente a tu conveniencia.
No me interesan tus cartas escondidas de doble filo, ni los besos a esquivar cuando te emborrachas.
He aprendido que tus “te quiero” valen menos que aquella promesa que me hiciste de la que ni siquiera te acuerdas. Por ello voy ser en tu vida similar al apoyo que me brindaste cuando más te necesitaba:
inexistente.

Y no, lo triste no es que hayas perdido en tu propio juego.

Lo triste es que has acabado jugando sola,

y hasta las cartas se aburren de ti.