A veces esperaba que esta historia fuera igual a todas aquellas que alguna vez había leído o había visto, sin embargo, esto no era igual a la ficción. Era un hecho que nadie podía tener una relación así sin salir lastimado, la peor parte era que yo desde un principio sabía que la única que saldría dañada iba a ser yo y aun así no contuve mis emociones, aprendí a quererlo a pesar de todos sus defectos, aprendí a contener mis celos de la chica a la cual su corazón pertenecía, aprendí a dar todo de mi misma sin recibir nada a cambio, me enseñó a dejar a un lado los comentarios de los demás y hacer las cosas únicamente por mí y mi felicidad, pero nunca me enseñó a manejar el dolor o el enojo que sabía que sufriría cuando él se cansará de mí.
Alguna vez había leído una frase que decía lo siguiente:
“Detrás de un hombre infiel están las ilusas que lo quieren cambiar, las ciegas que creen en él, y las tercas que se enamoran con fe”
Me había sentido tan identificada porque yo era esa ilusa, esa ciega y sobre todo…la terca; cuando veía su cara sentía enojo pero únicamente bastaba con una sonrisa para olvidar todo lo malo, incluso olvidar que había alguien más en su vida.
Dolía pero había aprendido a vivir con el dolor, con la tristeza e incluso con la esperanza de un día ser la única, me veía en el espejo preguntándome el por qué, comparándome con las otras chicas y yo a su lado no era nada, absolutamente nada.
¿Por qué?
La respuesta era simple.
Mi cuerpo estaba lleno de imperfecciones, nada comparado a las chicas anteriores.
Quizá solo quizá a eso se refería cuando dijo “Eres diferente” o quizá eso era lo que les decía a las demás.