Su grito retumbó por toda la habitación.
Nadie se daba cuenta.
Solo era un grito más.
Solo uno más.
No había vecinos asustados.
No había nadie llamando a la policía.
Solo un grito y una mujer tirada en el suelo.
La sangre ensuciaba toda la habitación.
Tal vez su cuerpo se hubiera quedado allí, de no ser por unos ojos que miraban por la rejilla de la puerta.
Unos ojos azules teñidos de dolor y tristeza.
La puerta se abrió y dio paso a un niño pequeño, en pijama y esperando que su madre le leyera un cuento.