Dentro suyo una tormenta de pensamientos lo saturaba todo, lluvia, un diluvio de ideas la consumía.
Todo estaba vestido de rojo, los libros de su memoria, llenos de recuerdos carmesí abrían sus tapas y se mandaban a volar, sus esperanzas y miedos sabor sangre también. Solo quedaban los rayos de luz rojiza que emanaba su frío corazón derretido, en ese estado llegaban a la superficie permitiendo que cualquiera pudiera percibir su nerviosismo.
Me detuve en ella; me parecía que de su pecho brotaban rosas, una enredadera que se abría paso hasta mi y que con sus espinas me pinchaba el alma, dejando en ella pequeños huecos que luego se encargaría de llenarlos con sus pétalos, colmándome así, no solo de ella sino también del amor más sincero que alguien pudiera desprender.