Habían pasado años desde que experimentaba los colores del mundo.
Desde hace 8 años todo se reducía a las tonalidades del color Rojo.
Sin esforzarme, aun recordaba los sonidos y aromas del carnaval gitano que había cambiado mi vida para siempre. Sentir ese palpitar que me jalaba cada vez mas al carromato de la Gran Anciana, ahora mis dias consistían en luchar por continuar mis estudios y de alguna manera balancear mis dos vidas y un trabajo.
Para los que existían fuera de mi cabeza (Personas normales) era solo una veintiañera que parecía tener la mente en las nubes, en cambio yo era una de las ultimas si no, la ultima de las Tejedoras; una antigua estirpe dentro de la raza de las brujas encargada de hilar el mítico hilo rojo del destino.
Ya saben ese hilo atado al dedo meñique cuyo otro extremo se supone esta atado al dedo meñique de tu alma gemela, bueno yo era la encargada de traerlo al plano físico, para no extender yo tenia la habilidad de entrar en un estilo de dimensión alterna donde tenia una rueca mágica que me permitía extraer gotas de mi sangre de la cual nacía el hilo rojo, a partir de ahí mis poderes lograban proyectar lo hacia el mundo normal. Claro este era invisible para los humanos, a excepción de algunas brujas y ciertos humanos con magia en su sangre; aunque estos últimos no podían verlo exactamente si no que lo sentían por lo que era mas fácil para ellos seguirlo y encontrar al amor de su vida.
Y la cereza de mi pastel, no había ningún hilo en mi mano, solo un intricado diseño de anillo negro, muchos creían que era un tatuaje, pero no en el momento que toque por primera vez a la Gran Anciana (la tejedora antes de mi) este apareció en mis meñiques.
Así que a los 24 años era la mas fría perra sin corazón que se podían encontrar en sus vidas, incluso era alabada por ciertos hombres sobre mi filosofía en relaciones personales.
Esa era mi vida hasta hace solo unas horas, cuando desperté y me di cuenta que mis anillos ya no eran de un color negro azabache, eran de un intenso color rojo sangre.