Joder, lo odio tanto. Odio no poderlo odiar. Es frustrante. Debería odiarlo por ilusionarme; subirme hasta el cielo y luego arrojarme al suelo. Pero no puedo. De verdad no puedo. Cada vez que lo veo me sonríe y me trata bien. Es amable y dulce. Y no sé cómo sentirme al respecto. Solo sé que verlo duele y duele mucho. Siento como se estruja mi corazón en mi pecho. Siento ganas de hacerme bolita en un rincón y llorar hasta quedar seca.
Y es estúpido. Es tan estúpido porque para él no soy nadie; para él no formo parte de su mundo, al menos no en la medida que él forma parte del mío. Todo el asunto es una completa idiotez, pero esto me pasa por enamorarme de un extraño. Enamorarme de alguien que no me dirige más de diez palabras.
Para él, mi sonrisa no ilumina su día ni le causa la alegría que la suya me genera a mí. Él no busca mi presencia en cualquier lugar lleno de gente. Para él soy nadie. Siempre lo fui. Siempre lo seré. Y no puedo esperar por el día que deje de verlo todos los días. Por el día que él se vuelva nadie para mi. Para al fin dejar de sentir este dolor de corazón que no puedo quitarme de encima.