Ellos viven en mí. A veces no los escucho, pero de algún modo sé que están ahí. Puede ser a través de una sola palabra, un pensamiento o una lágrima, que me sacan de repente de mi aparente realidad y me llevan, en un instante, a un rincón más oscuro y distorsionado. Pero que aún así, siendo tan inverosímil y aterrador aquel lugar, allí cada recuerdo, memoria de mi mente se tiñen de un color negro que me traspasa como una ola gigante y siento que siento por primera vez. Creo que lo peor es que ellos no me obligan a volver, me dejan sola, a la deriva, en ese Mar de Lamentos que me consume y alimenta a la vez, dándome cuenta que no quiero volver y ellos lo saben. Saben que no tienen necesidad de apresarme, porque yo miro hacia arriba y alcanzo a divisar mi vida, mi realidad, pero se siente ajena y lejana... aparente y ellos se ríen por lo bajo.
Por suerte, siempre algo o alguien me hace volver, me tele-transporta, explota esa burbuja. Parpadeo y me siento estúpida por haberme quedado tanto tiempo allí. Miro a mi alrededor, es tan luminoso... cómo? por qué? Si estoy bien... Estoy bien? Y esa es la pregunta, esa duda en mi cabeza es la que me hace volver más seguido y me hace desconfiar hasta de mí misma. Seguro que fueron ellos los que la hicieron crecer, porque definitivamente creció más rápido que cualquier planta venenosa. No los subestimes, ese fue mi primer error. No son reales, me dije, pero cada vez me arrastraban más hacia lo hondo. Por primera vez, los invité a salir.
Por dios, qué tonta. Ellos se rieron a carcajadas al igual que yo me río ahora de la inocencia de mi ingenuo pedido.