Hice la maleta dejando que fuera el azar el que eligiera lo que iba a meter dentro. No sabía cuánto tiempo pasaría hasta que regresara a ese lugar al que había bautizado como hogar, o zona de confort. Me marché sin dar ningún tipo de explicaciones pues no quería que nadie me buscara, ya sabían perfectamente que si alguna vez me pierdo han de buscarme en una estación de tren.

No sería hasta meses más tarde cuando comprendí que el océano del tiempo tarde o temprano nos devuelve los recuerdos que enterramos en él. Por eso me alejé del mar. Anduve hasta que conseguí conocerme a mi misma, y a hacer ver a los demás que no me conocen tanto como pensaban… nunca pensé que fuera de lo que yo había bautizado como hogar o zona de confort también había un lugar para mi… pero no solo uno, sino cientos de ellos, cientos de lugares donde podía sentirme a gusto, feliz. Que había miles de personas interesantes, con cosas que aportarme y enseñarme… descubri una nueva forma de vivir, en la que yo era mi dueña, en la que era yo.
Descubrí también también que no es quién está cuando tú estás, sino quién permanece cuando te vas, que más lejos no significa olvido y que los recuerdos que trae la marea son los que inexorablemente te hacen regresar al mar.

No se trata de permanecer en ese lugar que bautizas como hogar, o zona de confort; sino de hacer cualquier sitio un hogar para ti.