Querido tú,

El primer día que te vi ni siquiera me fijé en ti. Para mí eras simplemente una cara más entre las decenas que veía a diario. Viniste, me sonreíste y te fuiste.

El segundo día pasó lo mismo. Luego el tercero, el cuarto, el quinto y bueno, así hasta que poco a poco me acostumbré a ti. Venías cada día a la misma hora.
Me gustaba tu firmeza, tu manera de vestir. Me gustaba tu caminar altivo, como si el mundo que pisabas te perteneciera. Me gustaba tu mirada, tan profunda, tan severa y a la vez tan cálida y compasiva.

Me acostumbré tanto a ti que el día que no viniste me enfadé y luego me entristecí. "Qué tonta" musité. "¿Cómo puede alguien que apenas conoces tener tanto poder sobre ti?"

Y entonces pensé, sin quererlo, un millón de veces en ti. En cada cosa que hacía te asomabas a mi cabeza. "Sal de ahí" rogaba en vano.

Cuando te volví a ver el corazón me dió un vuelco. "Disimula" me dije. Intenté hacerlo pero viéndolo con perspectiva sé que fracasé. Se podía oír mi corazón latir des de la ciudad de al lado, las manos me sudaban, la voz me temblaba y las mejillas me quemaban.

Los días pasaron y cada vez estaba más a gusto con tu presencia. Me sentía segura a tú lado.
Me gustabas y pronto descubrí que también te gustaba y eso era un problema. Tú eras mucho más mayor que yo y ambos lo sabíamos. No iba a funcionar, no podía hacerlo.
A pesar de todo, hablamos. Hablamos un millón de veces, un montón de rato pero también callamos. Y en esos silencios nuestras miradas pedían a gritos lo que nuestras palabras eran incapaces de expresar y era entonces cuando me recordabas la cantidad de años que nos separaban. Aunque no sé si me lo decías a mí o te lo decías a ti.

Ahora todo es distinto. Ya no te veo nunca. Me fui pero mantengo la esperanza de encontrarte algun día. Cuando eso pase hablaremos del tiempo que hacía que no nos veíamos. Nos preguntaremos como nos trata la vida. Nos despediremos y cogeremos cada uno un camino diferente. Será en ese momento cuando recordemos con lamento esos momentos donde la cobardía y la sensatez le ganaron a la locura de arriesgarse.

Sincera y abiertamente,
Yo.