Laura está enredada en su constelación de pensamientos, piensa que está perdida cuando ve la luna a medias. Suspira al verse por dentro y comprobar que todo está en ruinas.
Es una chica a la que se le dan fatal las alturas y camina en dirección contraria a la que la vida le indica que debe ir.
Siempre ha roto las rutinas, las costumbres y los corazones.
Abraza con la leve esperanza de ser curada, pero es al contrario: siempre es la que termina curando. Termina siendo la cura cuando ella es la herida. Y por eso lleva la mirada puesta donde van a parar las estrellas; es decir, en la nada.
Es la gata que camina por Madrid, en busca de un ronroneo en plena noche, buscando algún coche que la lleve a ver de cerca sus miedos.
Todo lo que toca, lo inmortaliza, o lo deja llorando. A quien besa, le compone la primera y el invierno si es necesario, aunque es la chica que se comería todas las nubes grises para que jamás conozcas la tristeza que trae consigo la tormenta.
Tiene un cosmos precioso dentro de sus intenciones y la metamorfosis hace tiempo que dejó de coserle las alas. Hoy anda a cuestas y con los hombros caídos, y la mirada no sé dónde, y la sonrisa no sé cómo, y el amor no sé cuándo.
Joder, ¿por qué las chicas tristes son las más preciosas? Tienen no sé qué, que cuando se les ve reír, es como si la magia y los amaneceres, juntos y a la vez, se personificaran. A veces pienso que son un producto de un conjunto de todos esos pequeños detalles que, día a día, pasan desapercibidos, y que años más tarde, te das cuenta de que eran los que hacían único el momento y tu vida.
Y no sé por qué razón, motivo o circunstancia, la encuentro siempre que cierro los ojos.