Hay tantos vacíos en mi pecho que juntándolos son nada.

Inofensivos espacios en blanco, que se llenan,
que se borran,
que duelen sin pretenderlo.

Hay tantos vacíos en mi
que empiezo a creer que ya no valgo más que el viento,
que me voy desvaneciendo como el olvido en el ayer.

Siento que mientras las orquídeas florecen,
yo sólo llego a ser un cuadro de naturaleza muerta,
la locura de un pintor,
y por ende, el alivio rezagado del alma inquieta y adolorida
de alguien más.

Porque siempre es alguien más el que se beneficia de mi brillo a contra luz.

Es el espectador quien experimenta la sensatez que por años he estado buscando con ansia y con recelo.

Y soy yo quien se conforma con la atención efímera y con la caricia del cuerpo desnudo al alma temerosa y angustiada.