1902, New York.

Es día de elecciones. Los hombres salen de sus hogares, saludan a sus esposas y se van en camino hacia las elecciones.
Yo me quedo, en mi casa. Soy mujer. Ni soñando podría ir a votar.
Mi hermano Victor se ha ido minutos antes, a votar. Obviamente, yo me quedo.

Me dicen, siempre, que aquellas mujeres que quieren el voto femenino son unas desquiciadas, que quieren ser hombre, que son unas imbéciles.
No doy mi opinión, por Dios, esas personas son unas ignorantes.

Así que callo, y espero. Espero, porque quizá un día mi sueño se cumpla. Callada no haré nada, lo sé, pero es que simplemente no todos nacemos para realizar hazañas. Algunos nacemos solo para observarlas.