Muchas veces quise alejarme de ellos. Me sentía un espectador más en la obra de mi vida. Tenía voz, podía alzarme contra ellos cuando sabía que algo no andaba bien. ¿De qué servía? Podían escucharme durante horas, llorar conmigo, prometer más de lo que podían cumplir, pero al final del día, en esos minutos que te separan de estar despierto y quedar inconsciente yo sabía que nada iba a cambiar.

Estuve llenando vaso tras vaso de vanas ilusiones, decepciones, excusas, mentiras, incertidumbre, miedo, enojo, hasta que un día no pude hacerlo más. No porque no tuviera la fuerza sino porque ya no me interesaba más, ya no creía lo que estas figuras tuvieran que decir. Al principio lo hice como un capricho, solo para regresar aquello que recibía, pero al paso de los días todo se volvió más tranquilo. Ya no sentía la necesidad de llorar, ya no sentía impotencia, ya no sentía ansiedad, mis manos dejaron de sudar, regresé a mi cama, volví a dormir toda la noche, caminaba por la ciudad sin preocuparme por lo que pudiese o no pasarme... Me alejé sin dar explicación alguna. No tenía porqué darla.

Todo se calmó.

Ellos intentan ahora descifrar qué fue lo que pasó.

Yo intento asimilar porqué no lo había hecho antes. Intento asimilar porqué me hacían tanto daño. Intento asimilar porqué tenía tanto miedo de dejarlos ir. Intento asimilar tanto que quizás nunca regrese a su lado. Quizás me tome un tiempo asimilarlo todo y hasta que lo haga, estaré mejor sin ellos.

Asimilando...