Anoche volví a soñar contigo. Blanco, negro, morado, azul, y una amplia gama de grises. Esos eran los únicos colores que yo era capaz de distinguir. El traqueteo del coche se mezclaba con el sonido de la lluvia. Me encontraba en uno de esos coches antiguos, y no podía evitar sentir que estaba en una película en blanco y negro. El coche paró y el chófer bajó para abrir la puerta del asiento trasero y tenderme la mano, ayudándome a bajar. Una vez pisé el suelo, observé mis delicados zapatos de tacón blancos, y temiendo por si el barro los manchara, dí dos pasos al frente, escuchando que el coche se iba.
Observé la enorme fachada blanca de aquella gigante mansión, soberbia, de grandes columnas blancas, imponentes.
A mi alrededor, un jardín de rosas negras.
Comencé a andar hacia la puerta, que se abría un poco a cada paso que daba, como si llevara tiempo esperándome.
Cuando conseguí entrar vi el suelo de mármol blanco, impoluto, brillante, con tanta elegancia como la fachada prometía. Todo lo que veía era blanco, como si el resto de colores no fueran lo suficientemente puros para estar ahí, a excepción de una cosa. En lo alto de las enormes escaleras, un ángel de mármol negro parecía proteger toda la casa. Sin brazos ni cabeza. Sus enormes alas eran suficiente para expresar su grandeza.

De pronto, escuché el sonido de una caja de música y no pude evitar seguirlo, hipnotizada por aquella magistral melodía. Vagué por los pasillos, con las notas como única guía. Seguí el sonido hasta que me llevó a una puerta cerrada. Me detuve un segundo y alargué la mano para girar el pomo, pero, en el momento en el que lo toqué, la música cesó, dejando la última nota sonando en el aire.
Tras unos segundos, una guitarra la sustituyó, con la misma delicadeza. Cerré los ojos para disfrutar del sonido de cada una de las cuerdas, vibrando con cada roce de aquella mano prodigiosa. Suaves, hipnóticas, tranquilizadoras, evasivas.
Cuando volví a abrir los ojos estaba en mitad del escenario, bailando con ese chico trajeado que me visita en mis sueños.Tú. El guitarrista. Tus ojos se mantenían ocultos, como siempre, debajo de aquel sombrero tuyo. Seguías el compás de tu propia música, guiándome, arrastrándome contigo, obligándome a seguir tu voluntad, como si fuera tu marioneta, pero yo no quería que pararas. Quizá porque eres la única persona que consigue tranquilizarme, aun sabiendo que tan sólo existes en mis sueños.
De pronto, levantaste la cara y pude ver, por fin, esos ojos azules grisáceos, casi transparentes. Esos ojos que consiguieron romper mi serenidad, haciendo que, en un descuido, pisara mi vestido,cayendo de golpe sobre la tarima de madera blanca. La música dejó de sonar y, cuando busqué con la mirada al guitarrista, me vi de nuevo en el jardín de rosas negras, ahora vestida como ellas y con mis tacones blancos manchados de mi propia sangre, negra a la luz de la Luna, que caía de mis piernas llenas de espinas.
Los ojos se me inundaron de lágrimas y caí al suelo de nuevo, rendida, notando cómo los pinchos se clavaban en mi cara y por todo mi cuerpo. Y ya sólo podía llorar.
Metí mi cabeza entre mis manos para que nadie me viera y cerré los ojos, esperando que, cuando los volviera a abrir, todo se esfumara en el aire pero, en lugar de eso seguía en aquel jardín, sólo que la mansión ya no estaba, y en su lugar, el ángel negro, esta vez con cabeza, me observaba con aquellos ojos azules, cristalinos.