Hay cientos de dichos sobre esto. Todo lo que sube, baja. Después de la tormenta, sale el sol. Así que ya os lo podéis imaginar: después de cada época mala, aprendes y vuelves con más ganas.Y que no os engañen... donde hay ganas, no hay obstáculo alguno.

Me he pasado el verano cuestionándome por qué eso y por qué ahora, preguntándome si la decisión que había tomado práticamente desde que nací era lo que realmente quería, planteándome sin valdría la pena dejarlo todo y comenzar de cero, sola, a kilómetros de distancia de casa... si es que podía hacerlo.
A veces, ignoraba esas preguntas y actuaba como si todo fuera genial por un rato. Por un rato.
Pero ahora es diferente. Ahora es diferente porque tengo ganas. Ganas de recoger mis cosas más importantes, darme cuenta que algunas se me quedaron atrás, enfadarme y luego darme cuenta de que esas no eran tan esenciales. Ganas de probar a ser una persona nueva, ver quién realmente soy y aceptar que lo único que necesito es avanzar hacia una mejorada versión de mí misma. Me muero de ganas de conocer a personas que creeré que perdurarán y perder el contacto con ellas, pensar que otras me caerán mal y acabar en sus casas cada fin de semana. De ponerme espectativas demasiado altas, fallarlas, frustrarme y empezar de nuevo, poco a poco. Quiero equivocarme, caerme, llenarme de barro; y luego levantarme. De tanto repetirlo, creo que me he enamorado del proceso. ¿Y puede haber algo más bonito que, en vez de someterte a algo por un fin, disfrutar de todo el trayecto hasta el final?

Vale, ahora, sigo sin saber quién soy o cuál es mi propósito en la vida. Sin embargo, he aprendido mi valor. Me he dado cuenta de mi sinceridad, de mi empatía, de mis errores, de mis lecciones, de mis anécdotas, de mis puntos fuertes, de mis flaquezas. He conocido a mis inquietudes, a mis sueños, a mis pesadillas, a mis fuentes de inspiración. Y he descubierto que me encanta. Que me encantas. Que me encanto.