Empecé a salir más esperando a que la depresión desapareciera, estuve 3 meses seguidos saliendo todos los fin de semana sin descanso, relacionándome con nuevas personas, bailando hasta desgastar la zuela de mis zapatos, bebiendo con moderación aunque algunas noches simplemente bebía hasta borrarme la memoria, con una resaca terrible al otro día como consecuencia.

Era bueno salir de fiesta, me sentía libre, en parte también renovada. Pasaba la mayoría del tiempo distraída por lo que no tenía mucho tiempo para pensar en quien me había roto el corazón y en otros problemas que solían agobiarme en el pasado.

Lo bueno de estar en fiestas es que aunque sean pocas horas logras ser feliz, te sientes invencible, que nada podría arruinar tu felicidad y por un momento quieres vivir todo el tiempo en esa jocosidad. Quieres inundar tu ser de esa alegría y adrenalina que sientes al bailar tu canción favorita con la persona que te gusta o con alguien que aprecias. Cantas con todas tus fuerzas la letra de aquella canción que a todo mundo le gusta y no te importa quedar sin voz, al final habrá valido la pena. En una fiesta todos son amigos, todos son felices, todos comparten y eso te ánima tanto que deseas con todas tus fuerzas que cada día de tu vida sea así.

El problema es cuando llegas a casa...

Cuando te encuentras nuevamente con esa realidad que te maltrata y caes en cuenta de que la felicidad es sólo un momento, algo tan efímero que puedes volver a tener cuando quieras pero que al final de todo es eso, sólo algo efímero.

Lo malo de salir de fiesta es que la felicidad sólo dura mientras estés ahí bailando, bebiendo y compartiendo con tus amigos; luego, al llegar a casa con cierto grado de alcohol en tu cuerpo, con los huesos quejumbrosos y los pies adoloridos, te encuentras nuevamente con los recuerdos. A veces sólo llegas a casa y al tocar la cama caes rendido pero otras veces, mientras te cambias, te bañas, lavas tu cara y te acuestas, tu mente se colma de recuerdos y empiezas a imaginarte como sería tu vida o como hubiese sido tu noche si esa persona hubiera estado junto a ti.
Empiezas a contemplar los recuerdos nuevamente, queriendo volver al pasado o queriendo olvidarlo. Crees, y te confías en que el tiempo va a curarte las heridas y que tal vez el alcohol te ayude a suprimir el dolor.
Te ríes de ti mientras lloras en el espejo, te sientes miserable y minúscula. Con la lengua pesada te hablas a ti misma, culpándote por cada cosa que te haya pasado hasta que el sueño y el cansancio te vencen y te quedas profundamente dormida con lágrimas en los ojos, alcoholizada y hecha mierda.