Lo que dice tu mirada.
Mil veces me he dicho a mí misma que no volvería a mirarte, que mis ojos no coincidirían con los tuyos ni una sola vez más. Pero quebrantaba mi promesa y, sin poder evitarlo, volvía a alzar la mirada para poder observarte a placer.
Tu cabello oscuro, ondulado; ese que he deseado tocar mil veces para comprobar si es tan sedoso como parece.
Tu mandíbula cuadrada, cubierta de esa corta capa de vello, que imaginaba rasposa contra mis labios al besarte.
Tus labios... Esos que esbozan una sonrisa y hacen que todo mi mundo se ponga del revés.
Pero son tus ojos, esos ojos azules como el mar, como el mar adentro, profundo, los que me hacen temblar, los que me dicen la verdad aunque sean tus palabras las que me estén mintiendo.
Te miro y veo todo un universo, un mundo creado por ti, en el que vives sin esperar que nadie más entre en él. Sin embargo, es demasiado tarde. Hace tiempo que me perdí en ellos, en ese mar, y no he querido regresar a tierra firme. He querido perderme y quedar a la deriva para siempre, abrazada a ti, arropada por tu cuerpo y arrullada por tus palabras susurradas en mi oído.
Te miro y tú me miras. En otro tiempo hubiese apartado la vista, como si estuviese asustada, pero ahora mismo lo único que quiero es que me mires y veas lo mismo que veo yo al mirarte.
Amor, palabras que son impronunciables, caricias que los dedos se mueren por dar, pasión, confianza, besos bajo las sábanas, secretos inconfesables...
Todo eso me dicen tus ojos. Y no quiero dejar de mirarlos nunca.