Quiero compartir con vosotros/-as un fragmento de mi novela Luces de neón, a la venta en Amazon, porque la iniciativa de We heart it de crear un espacio de artículos o blogs me parece interesante para tratar muchos temas diferentes y creo que no será el único artículo que cree.
«Recorrió el pasillo de nuevo, ignorando a Natasha, que le preguntaba adónde iba, y esquivando a las chicas que iban y venían.
Finalmente se detuvo frente a Ares, puso los brazos en jarras y lo miró con enfado. El colmo había sido su indiferencia. Pensaba que él sería el único que no la juzgaría, el único que la apoyaría o la comprendería hiciese lo que hiciese, o al menos el único que entendía la posición en que se encontraba. Pero su actitud al verla después le había dado a entender todo lo contrario. Le había hecho pensar que él la despreciaba. Y eso no podía soportarlo. Al menos ella quería una explicación.
—¿Se puede saber qué te pasa? ¿Después de todo ahora te repugno o algo así?
Ares no la miró, escrutó la sala y solo se notó la tensión en el movimiento del músculo en la mandíbula.
—Estoy trabajando.
—¿Y eso qué tiene que ver? Puedes contestarme igual.
Tuvo su silencio como única respuesta.
—Ares, dime algo. ¿Qué ha pasado de repente? ¿Dónde queda eso de que no me juzgas ni lo harías jamás? Supongo que eres igual de mentiroso que todos los demás. Supongo también que piensas que es inútil hablar con una puta. Cualquier estupidez que penséis...
—Cállate.
—No valgo lo suficiente o piensas que disfruto de cada baile que hago.
—Keyla, ya —volvió a interrumpirla.
—¿Qué?
No fue consciente hasta entonces de que conforme hablaba había ido subiendo el tono de su voz y de que había ido dando pasos al frente hasta quedar casi pegada al cuerpo de Ares. Era increíble que sin quererlo su cuerpo hiciera esas cosas.
Ares bajó la cabeza y la miró. Primero sus ojos brillantes y luego sus labios, que todavía conservaban un poco del rojo con el que habían sido pintados antes. Eran tentadores. Demasiado.
Su pecho se agitaba, al igual que el de ella.
—No tienes ni idea. Ni jodida idea —susurró él.
—Pues explícate —lo tentó ella, alzando la barbilla hacia él.
Ella no podía siquiera imaginar cómo quería él explicárselo. Quería besarla hasta que se quedara sin aliento, porque el gesto que hizo Keyla había sido para él una invitación a sus labios.
Enarcó las cejas, expectante, y él no pudo contenerse.
La cogió del brazo y con rapidez la aprisionó contra la pared en un rincón más oscuro. Ella estaba sorprendida por el arrebato de Ares. Le estaba mostrando un lado que no conocía y no estaba segura, al menos de momento, de si era algo bueno o malo.
Hasta entonces solo la había tratado bien, la había protegido. Pero ahora lo que veía en su mirada la encendía y la asustaba a la vez. No quería asustarse por él.
Su cuerpo se arqueaba casi inconscientemente hacia él debido a su cercanía. Sus alientos se mezclaban y él la atrajo hacia sí con un movimiento rápido, arrancándole un sonido de sorpresa, como cuando estuvieron en su casa.
Ella sentía los duros músculos masculinos pegados a ella, y quiso rechazar la idea emergente en su cabeza de que los dos encajaban a la perfección. No entendía lo que le estaba pasando.
Ares estaba excitado. Más de lo que lo había estado en su vida, y era consciente de que Keyla lo estaría notando en ese preciso instante. No quería asustarla, porque no quería hacerle daño, no quería provocar su huida. Pero la deseaba. Era algo que no podía ocultar más.
—No juzgo lo que haces. Puedes bailarle a quien quieras porque es tu trabajo, aunque en el fondo esté pensando que al único al que quiero que bailes sea a mí. Lo que no puedo soportar es la idea de que cualquier gilipollas te haga daño. No quiero volver a mirarte a la cara cuando vuelvas de una de esas sesiones y ver un moratón en ella.
Keyla abrió los ojos con sorpresa. Eso significaba que ella se había precipitado, que se había enfadado por nada y sin motivos. Ahora le cabreaba saber que había hecho el ridículo, precisamente porque Ares y ella no eran nada, solo conocidos, compañeros de trabajo; él la había ayudado un par de veces y ella lo había invitado a un café. Todo entraba en los límites de lo normal. Pero le había sentado tan mal su reacción...
—Vale. Ahora suéltame —jadeó ella cuando él la apretó más contra sí y Keyla pudo notar su excitación.
—No haría nada que no quisieras, pero creo que en este momento no quieres que te suelte en realidad.
Keyla cerró los ojos, como si estuviese extasiada, y asintió con la cabeza, confirmándole lo que le había dicho. Pero sus manos subían de los hombros de él hasta su cuello y allí lo acariciaban con suavidad. Su pecho se pegaba al de él y sus narices se rozaban.
—Eres una mentirosa.
Volvió a asentir y al hacerlo provocó el roce de sus labios. Primero una caricia exploratoria, como si los dos tuviesen miedo de ir más allá. Pero entonces Ares hizo más presión y atrapó los labios de ella con los suyos. La sangre le ardía mientras corría por sus venas y no tuvo suficiente de ella. No paró hasta que consiguió con roces de su lengua que ella le dejara entrar.
Keyla dejó escapar entonces un gemido, sorprendiéndose incluso a sí misma. Sus manos le acariciaban el pelo corto y suave, el cuello ancho, los hombros y la espalda, mientras que él bajaba las manos por ella hasta llegar al trasero expuesto por el tanga.
El deseo de ambos crecía junto a la desesperación. Los dos jadeaban y se movían contra el otro, adelantándose al momento. Keyla levantó una pierna para rodearlo y sintió la erección de Ares justo en el centro de su ser. El gemido que salió de ella fue audible a pesar de la música que sonaba por todo el local.
Fue entonces cuando Demian se apartó de ella, jadeante y casi delirando por la excitación. O encontraba una solución rápida a su problema o no podría soportar el dolor.
Keyla se apoyó en la pared, sintiéndose extraña sin el cuerpo de Ares junto al suyo. Necesitaba sostenerse en algo porque creía que podría llegar a desfallecer. Las piernas le temblaban y la respiración se le había acelerado. Hacía tiempo que nadie provocaba ese calor en su cuerpo, esa excitación. Fue extraño y nuevo para ella. ¿Qué estaba haciendo Ares con ella? ¿Sería consciente de hasta dónde estaba llegando?
Se miraron con el deseo reflejado en sus pupilas.
Ares se alisó la chaqueta, colocó bien la corbata y volvió a su posición, descuidada durante unos minutos, dejando a Keyla jadeante y apoyada en la pared, todavía asimilando lo ocurrido. No podía creerse lo que acababa de hacer.»